sábado, 13 de diciembre de 2025

El mal en la politica 

"Si demasiado rapidamente y con habitual miopia que no ve más allá de cinco pasos, se acostumbra a separar pulcramente a los projimos en hombres utiles y dañinos, buenos y malos, ante una rendición de cuentas en mayor escala, ante una reflexión más prologada acerca de la totalidad, uno se volverá más desconfiado frente a esa pulcritud y separación, y finalmente la abandonará"

¿Cuál es el mal del que hablamos? ¿El que nos disponemos a cometer sin miramientos a la finalidad? ¿Qué nos aleja o nos aproxima a la experiencia, al silencio, al gasto inmoderado sino él bien?

A menudo la malicia y el pecado son vistas como el punto algido de las relaciones humanas, en una distinción puramente moral lo son, nada nos distancia más de nuestros congeneres que la crueldad y la violencia, pero si el mal en su forma religiosa fuese tan limitado rapidamente colapsariamos sobre nuestra propia banalidad. La realidad del pecado es que nos distancia y aproxima, en los mejores momentos de nuestra existencia la razón calla, es el silencio consecuente con la proximidad del humano con la experiencia. El mal en estos terminos es siempre gasto. 

Malos fueron los herejes, las brujas, los poetas y los sacerdotes que vivieron para aproximarse a lo que las prohibiciones guardan celosamente. La comunidad innombrable es siempre el resultado de sacrificios de un valor inestimable; las palabras que nos orillan al razonamiento, los deseos que siempre nos inclinan al objeto y en fin las certezas que usualmente nos plagan son corderos para la hecatombe. Somos atravesados por ellos al condenarlos, estos sacrificios individuales son el mal, son la crueldad sadiana practicada al retorcer y orillarnos a las excreciones del discurso, lo bello y lo terrible se suman en la experiencia. Es por ello un impulso de tipo distinto, nuestra actividad, fundamento de la comunidad es inmediatamente seguida por su desaparición, los proyectos que ideamos están fuera de la comunidad, la comunicación nunca es proyecto, la sujeción a una finalidad determinada de forma autoritaria-más allá de la autoridad de la experiencia misma- implica un alejamiento de los movimientos que la comunicación requiere, la interpretación individual del sujeto se vuelve un factor clave al actuar. Lo cual implica a su vez un retorno al lenguaje, a la razón impoluta al "como sí" determinante y categorico. La realidad de la comunidad basada en la experiencia tiene que limitarse al espacio mitíco, a la resignificación, a la transgresión.

 


 

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