miércoles, 10 de diciembre de 2025

 

Erotismo.

En el ensayo La conjuración sagrada Bataille escribe: «Un mundo que no puede ser amado hasta morir -de la misma manera que un hombre ama a una mujer- representa solamente el interés y la obligación del trabajo. Si se compara con los mundos desaparecidos, resulta odioso y se muestra como el más fallido de todos. En los mundos desaparecidos, fue posible perderse en el éxtasis, lo cual es imposible en el mundo de la vulgaridad instruida”[1].

Como escribió Bataille en La parte maldita, la actividad sexual, o mejor dicho bajo el término que posteriormente utilizará, el erotismo compone una de las formas en que el hombre puede volver a ser parte del universo, de lo continuo. En el texto El erotismo, Bataille hace una especie de ontología para poder exponer éste fenomeno que es tan crucial para el hombre.

            Para empezar, todos los seres del mundo somos seres descontinuos. Existimos en una discontinuidad individuada, en la que, desde las bacterias hasta los seres más complejos, estamos asegurados. Esta discontinuidad es un abismo entre los otros seres. Una soledad. Los seres nacen solos, mueren solos. Pero en un momento, de reproducción, de excedente, entran en una continuidad con otros seres, igualmente discontinuos, son uno con lo otro.

            En el hombre esto sucede también. El hombre vive en discontinuidad, salvo los momentos de transgresión. En esto se separa de los animales, de los insectos y formas menos desarrolladas de vida. El hombre vive en un mundo totalmente regulado. Los espacios que pueden abrir a la continuidad se encuentran regulados por instituciones. El orden de lo útil reina y el trabajo debe mantenerse para el aseguramiento de los que participan. Frente a la muerte se instituyó la prohibición, el aseguramiento. Pero esta prohibición no puede ser nunca total, pues las fuerzas de la naturaleza oprimen al hombre con tanta fuerza, es la parte maldita que cargamos. Por eso cada prohibición necesita también su transgresión. Bataille escribe:

La naturaleza exigía que se abalanzaran a esa destrucción. La posibilidad humana dependió del momento en que, presa de un vértigo insuperable, un ser se esforzó en decir que no. ¿Un ser se esforzó? Jamás en efecto los hombres opusieron a la violencia (al exceso del que se trata) un no definitivo. En ciertos momentos de desfallecimiento, se cerraron al movimiento de la naturaleza; pero se trataba de un tiempo de detención, no de una inmovilidad última.[2]

            La transgresión es el movimiento del hombre hacia la nada. Un salto, una voluntad de fe. “No hay sentimiento que arroje más profundamente a la exuberancia que el de la nada. Pero de ningún modo la exuberancia es aniquilación: es superación de la actitud aterrorizada, es transgresión[3]. Tras este movimiento se encuentra lo sagrado, lo sagrado de los aztecas en los sacrificios. Siempre es importante entonces preguntarse ¿cómo acontece lo sagrado en el mundo contemporáneo?

            Pues a esta pregunta, algo que se mantiene siempre como posibilidad es el erotismo. “Lo sagrado es justamente la continuidad del ser revelada a quienes prestan atención, en un rito solemne, a la muerte de un ser discontinuo[4]. El erotismo es la liberación de la carne del orden del trabajo, el exceso de los órganos, la desorganización organizada. Como el sacrificio, el erotismo es una forma de hacer acontecer lo sagrado en el mundo. Por eso Bataille escribe: “Podemos decir del erotismo que es la afirmación de la vida hasta en la muerte”[5]. En la actividad erótica, dos seres discontinuos, solitarios, se unen y transgreden contra todo el mundo. Suspenden la prohibición, se aman, duran, a pesar del peligro de la muerte, afirman la vida.



[1] Bataille, La conjuración sagrada, 228

[2] Bataille, El erotismo, 66.

[3] Bataille, El erotismo, 74.

[4] Bataille, El erotismo, 74.

[5] Bataille, El erotismo, 15.

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