Erotismo.
En el ensayo La conjuración sagrada
Bataille escribe: «Un mundo que no puede ser amado hasta morir -de la misma
manera que un hombre ama a una mujer- representa solamente el interés y la
obligación del trabajo. Si se compara con los mundos desaparecidos, resulta
odioso y se muestra como el más fallido de todos. En los mundos desaparecidos,
fue posible perderse en el éxtasis, lo cual es imposible en el mundo de la
vulgaridad instruida”[1].
Como escribió Bataille en La parte maldita, la actividad sexual, o
mejor dicho bajo el término que posteriormente utilizará, el erotismo compone
una de las formas en que el hombre puede volver a ser parte del universo, de lo
continuo. En el texto El erotismo, Bataille hace una especie de
ontología para poder exponer éste fenomeno que es tan crucial para el hombre.
Para empezar, todos los seres del
mundo somos seres descontinuos. Existimos en una discontinuidad
individuada, en la que, desde las bacterias hasta los seres más complejos,
estamos asegurados. Esta discontinuidad es un abismo entre los otros seres. Una
soledad. Los seres nacen solos, mueren solos. Pero en un momento, de reproducción,
de excedente, entran en una continuidad con otros seres, igualmente discontinuos,
son uno con lo otro.
En el hombre esto sucede también. El
hombre vive en discontinuidad, salvo los momentos de transgresión. En esto se
separa de los animales, de los insectos y formas menos desarrolladas de vida.
El hombre vive en un mundo totalmente regulado. Los espacios que pueden abrir a
la continuidad se encuentran regulados por instituciones. El orden de lo útil
reina y el trabajo debe mantenerse para el aseguramiento de los que participan.
Frente a la muerte se instituyó la prohibición, el aseguramiento. Pero esta
prohibición no puede ser nunca total, pues las fuerzas de la naturaleza oprimen
al hombre con tanta fuerza, es la parte maldita que cargamos. Por eso cada prohibición
necesita también su transgresión. Bataille escribe:
La naturaleza exigía que se abalanzaran
a esa destrucción. La posibilidad humana dependió del momento en que, presa de
un vértigo insuperable, un ser se esforzó en decir que no. ¿Un ser se esforzó?
Jamás en efecto los hombres opusieron a la violencia (al exceso del que se trata)
un no definitivo. En ciertos momentos de desfallecimiento, se cerraron al
movimiento de la naturaleza; pero se trataba de un tiempo de detención, no de
una inmovilidad última.[2]
La transgresión es el movimiento del hombre hacia la nada.
Un salto, una voluntad de fe. “No hay sentimiento que arroje más
profundamente a la exuberancia que el de la nada. Pero de ningún modo la
exuberancia es aniquilación: es superación de la actitud aterrorizada, es
transgresión”[3].
Tras este movimiento se encuentra lo sagrado, lo sagrado de los aztecas en los
sacrificios. Siempre es importante entonces preguntarse ¿cómo acontece lo
sagrado en el mundo contemporáneo?
Pues a esta pregunta, algo que se mantiene siempre como
posibilidad es el erotismo. “Lo sagrado es justamente la continuidad del ser
revelada a quienes prestan atención, en un rito solemne, a la muerte de un ser
discontinuo”[4].
El erotismo es la liberación de la carne del orden del trabajo, el exceso de
los órganos, la desorganización organizada. Como el sacrificio, el erotismo es una
forma de hacer acontecer lo sagrado en el mundo. Por eso Bataille escribe: “Podemos
decir del erotismo que es la afirmación de la vida hasta en la muerte”[5].
En la actividad erótica, dos seres discontinuos, solitarios, se unen y transgreden
contra todo el mundo. Suspenden la prohibición, se aman, duran, a pesar del
peligro de la muerte, afirman la vida.
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