A inicios de 2025, un adolescente de 14
años murió en Brasil tras inyectarse los restos de una mariposa triturada en la
pierna. Murió en el hospital tras agonizar siete días. Se desconocen los
motivos que llevaron al joven a cometer ese acto, sólo es posible imaginarlos.
La policía local investigaba la posibilidad de que el joven hubiera cumplido un
reto de internet. Sin embargo, esta teoría no fue nunca confirmada. Y aun si se
hubiera confirmado, resulta irrelevante ante la fascinación que despierta en
uno la imagen del hecho. La imaginación se orilla a pensar en que tuvo que
haber algo más, una especie de deseo o ilusión dentro del joven que lo llevo a
tomar la jeringa con la mezcla de mariposa y agua e inyectarla en su cuerpo.
Gregorio Samsa se despierta
transformado en insecto tras una noche de mal sueño. La situación le sucede por
cuestión de azar. Pero ¿qué hay de aquellos que conscientemente deciden
participar de una metamorfosis? ¿Qué deseo es el que orilla a intentar lograr
una transmutación del cuerpo? «Hay que saber
hablar la lengua del soñador para comprender las imágenes que alucina y que se
yuxtaponen espontánea y desordenadamente en su sueño».[1]
En el segundo apartado de La parte
maldita, Bataille hace una teorización sobre el sacrificio y cómo éste, inagura
un mundo que se opone al mundo de las cosas, aquel mundo de lo útil.
Bataille escribe que “El sacrificio devuelve al mundo sagrado lo que el uso
servil ha degradado, profanado”. El sacrificio consagra al mundo y a las cosas,
unifica el mundo de las cosas con el sujeto. El orden del trabajo ha transformado
justamente a los hombres en cosas, y a las cosas del mundo, iluminadas por el
sol que da sin recibir, se vuelven siempre una degradación, la cual, sólo tiene
contacto con el hombre en cuanto le son útiles. Y el mismo hombre, se vuelve una
cosa en la maquinaria de lo útil. Frente a esto, y volviendo a la economía cósmica,
es necesario una dosis de destrucción, de dilapidación.
“El sacrificio devuelve al mundo
sagrado lo que el uso servil ha degradado, profanado... No es necesario destruir
propiamente hablando el animal o la planta que el hombre convirtió en cosa para
su uso. Basta, al menos, destruirlas en tanto que cosas, en tanto que se llegaron
a convertir en cosas. La destrucción es el mejor medio de negar una relación
utilitaria entre el hombre y el animal o la planta”[2].
La destrucción que ofrece el sacrificio es la destrucción de la relación objeto-sujeto.
Todo se consagra, sobrepasa el límite. Como en la religión, se busca lo
sagrado. Abandonar el orden de las cosas reales y de la pobreza.
Introducirse en el puro exceso. Ser totalmente libre, soberano. Añade Bataille:
El sentido de esta profunda libertad se
da en la destrucción, cuya esencia es consumir sin beneficio lo que hubiera
permanecido entro del encadenamiento de las obras útiles. El sacrificio destruye
lo que consagra… Basta con que quede roto el lazo que une la ofrenda al mundo
de la actividad lucrativa pero esta separación debe tener el sentido de un
consumo definitivo; la ofrenda consagrada no puede volver al orden real. Este
principio abre la vía al desencadenamiento, libera la violencia reservándole el
terreno en el que reina sin rival.[3]
“El mundo íntimo se opone al real como la
desmesura a la mesura, la locura a la razón, la embriaguez a la lucidez”[4].
Frente al sacrificio sólo fascinación. Continuidad. El exceso de la belleza del
que escribe Blake. Pero no es sólo la belleza ideal. Sino también el horror de
la muerte, el entregarse y el morir. Ese es el gran peso del sacrificio.
«La seducción extrema probablemente está en el límite con el horror».[5] Bataille, al analizar la atracción a
las flores encontró que el deseo nada tiene que ver con una belleza ideal ni a
un principio de funcionalidad.[6]
La belleza ideal en la planta correspondería a la flor y su corola, que cubre
los órganos sexuales. Sin embargo, al marchitarse, ésta se vuelve fea a la vista, como confesando su
engaño. En contraparte, el tallo y las raíces de las flores se presentan a la
abstracción como parte pueriles, impuras, sucias. Las raíces que, se revuelcan
en la tierra su oscuridad, desafían a un imperativo moral de belleza. Es la
bajeza de la forma. La contradicción entre las partes de la planta revela algo
más: la muerte, y la banalidad de la fragilidad de los cuerpos. En este
sentido, «el amor tiene el aroma de la
muerte». 16
Volviendo al muchacho, lo único que
queda del hecho es la transgresión. Podemos atribuirle los motivos que
pensemos; el incorporar la belleza de la mariposa, el querer alimentarse de las
flores o incluso, como se lo planteó la policía, el cumplimiento de un reto. A
decir verdad, lo más probable es que el chico no anticipara que fuera a morir.
«El ser alcanza el resplandor
deslumbrante en la aniquilación trágica».[7]
Y aun así, lo que queda es la transgresión. Transgresión de la lógica de las
enseñanzas de la ciencia, transgresión del propio cuerpo. Un sacrificio. La
imagen que falta en esta crónica es el motivo que orilló al muchacho a forzar
una metamorfosis. Y aunque falta, la imagen se revela ausente, intraducible,
pues es un movimiento anterior al lenguaje. Movimiento animal, como el que
realizaron los primeros humanos dentro de la cueva de Lascaux. Sobre la
metamorfisis Bataille escribe:
Podemos definir la obsesión por la metamorfosis como una necesidad
violenta, que se confunde además con cada
una de nuestras necesidades animales impulsando a un hombre a desistir de
repente de los gestos y las actitudes exigidos por la naturaleza humana: por
ejemplo, un hombre entre otros, dentro de un departamento, se tira al suelo
boca abajo y se pone a comer la papilla del perro. De modo que en cada hombre
hay un animal encerrado en una cárcel, como un preso, y hay también una puerta,
y si entreabrimos la puerta, el animal se abalanza hacia afuera como el preso
que encuentra la salida; entonces, provisoriamente, el hombre cae muerto y el
animal se comporta como animal, sin preocupación alguna por suscitar la
admiración poética del muerto.18
La obsesión
por la metamorfosis es el movimiento que posibilita el deseo hacia la
transgresión. Un sacrificio para el fin de lo sagrado. ¿Qué mayor sacrificio
que dar el cuerpo y tu propia naturaleza?
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