miércoles, 10 de diciembre de 2025

 Cuando hablamos de consumo, la mayoría de las personas piensa en la comida que ingerimos o en la ropa que usamos cotidianamente. Tenemos profundamente interiorizada esa sensación placentera que experimentamos cada vez que compramos algo en Amazon o cuando vemos una serie o película nueva en alguna plataforma de streaming. Sin embargo, últimamente, mientras camino por la calle, me doy cuenta cada vez más de todas las problemáticas que realmente rodean la noción de gasto y de consumo.

El otro día pasé una cantidad considerable de tiempo leyendo los comentarios de una publicación sobre la nueva ciclovía de Avenida Tlalpan. Por un lado, estaban quienes se oponían al proyecto, principalmente bajo el argumento de que reducir un carril para automóviles generaría aún más tráfico; también se manifestaron personas que ofrecen servicios sexuales, pues el carril confinado dificulta la llegada de clientes. Por otro lado, estaban quienes apoyaban la obra: peatones y ciclistas, e incluso personas que, aunque no usan bicicleta, reconocen algo positivo en la iniciativa y la comparan con ciudades que han transformado vías dominadas por automóviles en espacios de movilidad ciclística.

En un momento de reflexión, sentado en las escaleras de mi casa, solo podía pensar en cómo el gasto y el consumo intervienen directamente en todo este proceso. Comencemos con los automovilistas, muchos de los cuales sienten un aire de superioridad por tener un auto propio (aunque a veces ni siquiera es realmente propio). En nuestra sociedad predomina la idea de que quien posee un automóvil es, de alguna manera, “superior”. Esto tiene sentido si consideramos que hoy en día adquirir un coche sin endeudarse resulta cada vez más difícil. Existe un clasismo interiorizado que nos repite que siempre es “mejor” quien puede gastar más, quien aparenta mayores ingresos. En realidad, todo es mera apariencia: muchas personas que se dan el “lujo” de tener un auto viven endeudadas, atascadas en un tráfico interminable mientras se convencen a sí mismas de que están ahorrando tiempo.

En cuanto a las personas que ofrecen servicios sexuales, me encuentro ante una verdadera encrucijada. Por un lado, podemos pensar que todos tenemos derecho a ganarnos la vida como queramos; cada quien necesita un sustento y no podemos juzgar las estrategias que emplean para obtenerlo. Por otro lado, cabe preguntarse si el gobierno debe facilitar el ejercicio clandestino de estos servicios. La trata de personas es uno de los problemas más graves y extendidos en la actualidad, especialmente en este país. Persisten visiones que reducen a la mujer a un objeto de consumo; las enfermedades de transmisión sexual son frecuentes entre quienes trabajan sin seguro médico, sin prestaciones y sin una base institucional que permita proteger su bienestar. Y no solo hablamos de mujeres: también hombres y personas transgénero que recurren a este tipo de trabajos se enfrentan a vulnerabilidades extremas, comenzando por la de someter sus cuerpos a esta lógica de consumo.

Debemos recordar, además, que estamos en vísperas del Mundial de Futbol. Desde que era niño recuerdo escuchar historias que nunca aparecen en el espectáculo mediático, pero que son bien conocidas: desplazamientos forzados, “limpieza” de imagen por parte de los gobiernos, obras que solo sirven una vez y que, al terminar el evento, se olvidan. La construcción de estadios es el ejemplo más claro. Podríamos considerarlo un gasto completamente improductivo; sin embargo, el Mundial nunca ha sido solo un espectáculo deportivo. También ha sido un evento político que funciona, desde hace décadas, como una cortina de humo perfecta para los gobiernos.

La ciclovía de Tlalpan está pensada, en parte, en ese contexto: se espera que funcione como ruta para los turistas que vengan a los eventos del Mundial. Pero, realmente, ¿toda esa gente vendrá con sus bicicletas y se desplazará hacia los estadios por esa ruta? Personalmente, no lo creo. Aun así, considero necesario invertir en nuevas alternativas de movilidad. En una ciudad tan densamente poblada como la Ciudad de México, la contaminación ha aumentado de forma desproporcionada en los últimos años; el transporte público, que debería fungir como alternativa, sigue siendo inseguro e ineficiente; cada día somos más habitantes. Cabe preguntarse cómo será la movilidad en el futuro. Lo único seguro es que esta mentalidad de gasto y consumo seguirá presente en nuestras conciencias, incluso cuando ya no podamos respirar nuestro propio aire o transitar libremente por nuestras calles.

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