miércoles, 18 de marzo de 2026

El parasitismo del capitalismo.

Una de las mayores preocupaciones de la sociedad actual es la productividad —preocupación que no es, sin embargo, ajena a la humanidad misma—. Dicha búsqueda de la productividad lo inunda todo en la actual sociedad capitalista: se leen los libros rápidamente con vistas a un aumento en la eficiencia personal; la música es escuchada a la vez que se hace ejercicio de tal manera que el tiempo es aprovechado; todo conocimiento es valorado como valioso en la medida en que puede ser empleado en algo de “provecho”; inclusive el tiempo libre ha sido acaparado por la idea de utilidad, así el que sujeto se convierte en su propio siervo; la productividad es el valor que se promulga, cuya manifestación es el dinero. Todo se reduce, en última instancia, a una relación de medios-fines —relación que es muy clara en el trabajo, pues es también su fundamento— y se engrandece aquello que es útil, pero pocas veces se da cuenta de aquello que es un fin en sí mismo, aquello que es inútil, aquello que es improductivo.

Tal diagnóstico de la sociedad no es nuevo y, ciertamente, ya tampoco es sorprendente. Ya los filósofos llevan años advirtiendo el efecto del capitalismo en la sociedad y su conducta. La cuestión que quiero plantear aquí es ¿en una sociedad donde la productividad y la acumulación es la máxima regla, es posible aún el gasto improductivo? 

En varias de las obras de Georges Bataille se trata la cuestión del gasto improductivo, del derroche inmoderado de las fuerzas y las energías. Me centraré en especial en el ensayo La noción de gasto, publicado originalmente en la revista “la critique sociale” en 1933, debido a la practicidad del resumen de algunas de las formas del gasto en la sociedad que hace Bataille. Dicho ensayo tiene como objetivo cuestionar la idea de que el fin de la sociedad es la acumulación de bienes y de fuerzas para la posteridad. Bataille sostiene, en cambio, que tal noción de utilidad es insuficiente para explicar la sociedad y sus fenómenos. Así, lo que ocupa un lugar central en las sociedades, no es la acumulación sino el gasto que no tiene otro fin que sí mismo, por lo que es improductivo. Los ejemplos de gasto improductivo son los siguientes:

–Las joyas y el inmenso gasto que conlleva su obtención. De tal manera que, el estatus de lujo de tales joyas proviene, no tanto de su belleza, sino del gasto excesivo.

–En los cultos religiosos, animales y humanos son sacrificados de tal manera que ello implica un gasto y una pérdida sin ningún otro fin.

–En los deportes el gasto se da en formas diversas y complejas: por un lado para el mantenimiento de lo requerido para la actividad, como personal y locales; ciertos deportes llevan consigo la idea del peligro o la amenaza de un daño; los deportes, de igual manera, pueden estar implicados en la repartición de una riqueza o un bien, aunado también a las apuestas que pueden suscitar las competencias; finalmente las competencias deportivas crean el tiempo y el espacio para gastos y actividades lujosos y de derroche.

–Las diversas formas de artes también son muestras de gastos improductivos: por su parte la danza, la arquitectura y la música implican gastos reales; la escultura y la pintura producen formas de gasto simbólico; la literatura y el teatro son capaces de provocar angustia y temor a través de la representación de la pérdida y la muerte; finalmente, la poesía es ella misma producción a través de la pérdida.

–Por último, la fiesta es un gasto y un derroche de los bienes acumulados debido al orden del trabajo, no obstante la fiesta es un gasto improductivo pero regulado de tal consumo.

Esas son algunas de las formas del gasto improductivo, pero no son todas las que cabe pensar, como tampoco son todas de las que Bataille da cuenta, pues no he mencionado el erotismo con el fin de no extenderme más allá de mi propósito.

He resumido brevemente dichas formas de gasto improductivo con el fin de hacer notar lo siguiente: el capitalismo de la actualidad puede sacar provecho y beneficio de los gastos del otro, y de hecho ya lo hace: Hoy las joyas son vendidas por empresas multinacionales, la compraventa de joyas no es más que otra transacción en el mercado global, aunque reconozco que el sacrificio de fortunas aún conserva su aspecto espectacular, pero insisto, el gasto de uno es el beneficio del otro; los sacrificios animales son cada vez menos frecuentes, mientras que los sacrificios humanos hace años que son reprobables, con todo ello no implica que la muerte animal o humana sea menos frecuente, sino que se dan en formas ordenadas y útiles como la producción de carne o las guerras, donde la muerte humana, aún siendo pérdida, está orientada a un fin político o económico; los deportes son eventos rentabilizados a través de patrocinadores y la venta de productos; las artes están involucradas de manera compleja en una industria de producción y venta cultural; aunque las fiestas suelen conservar su sentido de despilfarro de recursos, también existen fiestas cuyo consumo implica la acumulacion por parte de una clase.

Si bien es cierto que lo anteriormente descrito ya sucedía en menor media en el capitalismo de los años XX, hoy sucede de manera general en casi todos los aspectos y estratos de la sociedad, de tal manera que al hablar de gasto se piensa, primeramente, en el gasto productivo y no en el gasto improductivo, y al hablar de consumo en la actual sociedad consumista, viene a la mente la compra de productos. Es esto último una de las características que distinguen al capitalismo de hoy en día y de finales del siglo pasado: el consumo de productos producidos industrialmente. Sucede entonces que, actualmente, en todo gasto, hay un individuo que gasta sus bienes y otro que los acapara. El consumo, entendido como compra de productos y de bienes, se da también en aquellos individuos que se benefician del consumo de otros, pero raramente es tanto el derroche como para ser una verdadera pérdida. Por el contrario, lo que caracteriza a los individuos que detentan los llamados medios de producción es el ahorro y la acumulación.

Regreso y reformulo mi pregunta: si actualmente en casi todo gasto hay un individuo que gasta y otro que se beneficia de ello, ¿es posible aún el gasto improductivo? Yo afirmó que aún es posible, pues digo que la existencia del capitalismo con respecto al consumo improductivo es la misma que la del parásito con respecto al parasitado. Y aunque el parásito le quite algo de su vigor al cuerpo del que se alimenta, lo necesita vivo para seguir existiendo.

martes, 17 de marzo de 2026

Logika: Mininovelas para botanear_Mrcoh_Daniel_Pulsares

Pinches Insensibles, me cae que aun recién despertado tengo muy pocas nociones sobre el vivir en el mundo sensible y estético, se apenas saborearlo y sentirlo pues apenas mi chip hipersensible ha actualizado mi corriente de datos, pero me cae para que otro propósito se está vivo, si no es para disfrutar lo que tenemos y vemos, yo creo los humanos tienen esto consciente y lo saben, pero a la vez no lo saben lo olvidan o simplemente son unos pinches insensibles, en mi código esta como una ley máxima universal el aprender a sentir está en mi programación vital ¿me pregunto si los embriones, también estarán con esta configuración de sentir? bueno que voy a saber y menos decir yo un humanoide atravesado entre lo humano y lo mecánico, creo no tener la voluntad ni la disposición de hablar de cosas humanas con tanta facilidad, pero caray me parece que algunos humanos son ciegos y no de vista parecen atrofiados por sus sentires y sentido, si ya aprendí que a veces estos mismos duelen y hieren, pero no puedo negar mis emociones ante estos. 

Hoy en esta tarde de medio día me encontraba varado sobre las calles, intentando recomponer mi caja de ritmos y ajustándome alguna que otra tuerca y tornillo, a lo lejos contemple un Mercado con un paisaje exquisito de humanos diversos de múltiples colores y sabores, enfrente de mi había una fonda con múltiples mesas a sus alrededores y en ellas múltiples personas degustando alimentos, con múltiples mundos en si coexistiendo y hablando lo que la lengua llama la conversación trivial, ¿Qué tal está el día? ¿Como va el trabajo? ¿La familia como se encuentra? ¿Cómo te fue ayer? ¿Qué tal el partido de ayer? ¿Te enteraste del chisme del vecindario? ¿Como esta tu madre? todas con un propósito de comunidad y preocupación sobre el otro. En mi Soberana mirada de aquellos seres observe y presencie la llegada de un señor de edad ya avanzada con un caminar lento, y de pasos cuidadosos, como de época revolucionaria mexicana justo como su piel lo marcaba su paso del tiempo, con la piel morena como de chocolate, un atuendo desaliñado y arrugado, pero de porte elegante y tradicional usaba huaraches de piel de cuero de ganado de bovino ya muy gastado por cierto, de tanto caminar supongo, y sus pies que parecían torpes y lentos yo creo se debían a lo enredado que tenía los dedos unos encima de otros ¡que belleza de deformidad! dedos con cayos y ya muy resecos de tanto caminar toda la vida así, el amable caballero de blanca cabellera se acercó puntualmente hacia mí y me ofreció una sonrisa en su quijada ya cansada, y a la par pronuncio algunos sonidos de alegría primales, así como los del balbuceo de felicidad de un bebe, pues intuyo encontró en mi un espécimen raro y peculiar, eso o talvez mi mascara de luchador que llevo puesta, el señor se acercó a mi rápidamente y ofreció su mano izquierda en la cual cargaba una caja de chicles toda llena. 

—Hola buenas don, ¿a cuánto los tiene? —le pregunte.

—ahmm aventicincoo lapiesa de dos—me respondió lentamente.

—¡25x2! Órale va me llevo 6 paquetes de favor don—Respondí entusiasmado.

El señor sosteniéndome una sonrisa, muy contento agarro el dinero y me puso los chicles sobre la palma de mi mano y me entre cerro el puño con los chicles y me agradeció tomando mi puño y asentando la cabeza una y otra vez balbuceando su agradecimiento, así prosiguió su camino con su paso lento y seguro hacia la fonda, donde empezó el mismo rito de ofrecer chicles con la misma carisma que me aterrizo a mí, pero a la lejanía pude percibir que los otros no eran recíprocos con él, ellos estaban con la cabeza baja o leyendo algún periódico o viendo el celular o platicando con otro ser y negando toda interacción con el señor, nadie le devolvía la mirada, ni una sonrisa, ni un gesto, ni una palabra, nada. Solamente una ignorancia constante, solamente miradas frías y ocupadas a sus propios asuntos, que ignoraban a aquel ser humano vivo, lleno de emoción. 

Por un instante sentí en mí una rara impotencia, ya que yo desde mi despertar y convivir con los humanos he estado fulminado y atravesado por las miradas del otro, pero aquel ser parecía estar atravesado por otra instancia, una que era invisibilitaria una que le negaba reproducirse con otros, una especie de magia que lo hacía desaparecer y no existir para los demás, ¿Qué tipo de trato es este? uno donde se le ignora al otro, uno donde no se reconoce la agencia a otro ser vivo y sintiente, una lógica que yo solo había sentido con otras maquinas, algo dentro de mi programación no lograba entender aquel sentir y pulsar, nadie te ve, nadie te escucha, nadie te oye, ¿qué clase de sociabilidad es esta? con todo y el dolor que esto cometía en mi me abstuve de un actuar solamente me dediqué a observar soberanamente, aquel acto de la sociedad de invisibilizar a aquello que el sistema apesta y margina.

Conforme el señor fue de mesa en mesa, poco a poco su sonrisa y carisma se iban apagando como la mecha de una vela ya apunto de consumirse, y tratando de buscar la misma energía con la cual yo lo abordé y recibí, solo observaba en su rostro cansado el pesar de padecer desapercibido, hasta que a mitad de la fonda se paró en medio de todo y contemplo un momento, y se dio media vuelta y salió agotado y con la cabeza cabizbaja, derrotado tras aquel acto disque social, marcho lentamente hasta que se alejó y que le perdí entre las multitudes de puestos de tianguis, se había esfumado, había desaparecido, solamente me dejo con el recuerdo de los 6 paquetes de chiles que me vendió. Y con esta impresión de colectividad que parece más una ilusión a este punto, en mi último ejercicio soberano juzgue a aquellos que participaban de la sociabilidad en aquella fonda de comida, llena de harta gente que no paraba de hablar, y que imitaban mucho aquel ruido de los pájaros en la mañana, si ese, que no se distingue unos de otros, pero que analizando en profundidad me doy cuenta que todos están separados unos de otros, están embrujados de los demás, viven ignorando lo que le pase al otro, viven dentro de la falacia social del preguntar cómo está el otro frente a ti, cuando no te importa el que está detrás de ti, y es cuando parece que lo pájaros se vuelven piedras como estatuas de roca sólida, inmóviles unas de otras, razono que el celular ha sido uno de esos factores y catalizadores que los enfrascan uno de otros, y cierto es han ignorado la vida misma, la vida que estuvo aquí parada ante ustedes, no me imagino lo que harán cuando estén frente aquel ser gigante que es la naturaleza misma. Talvez solo posaran como estatuas que son y seguirán ignorando la vida, vaya pues Pinches insensibles me cae. 




¡Oh instante detente, que bello eres!

Durante pandemia tuve un acercamiento al séptimo arte que no había tenido nunca, en aquellos momentos de encierro el cine fue para mí una salvación de las redes sociales y el mundo castigado que plagaba como otra pandemia de la cual aún no nos recuperamos. En esos tiempos descubrí una película a mi parecer infravalorada por la profundidad filosófica que presenta en su argumento y por la creatividad en su montaje, a saber: Enter the void lleva por título, un filme francés de 2009 dirigido por el argentino Gaspar Noé, reconocido por su filmografía transgresiva e incomoda de ver por sus escenas crudas y explícitas. Enter the void nos cuenta a manera de primera persona, pues la cámara tiene esa particularidad de ser literalmente el punto de vista del protagonista: Oscar. Y más que contarnos, nos hace vivir la vida de Oscar por la primera media hora de la película, para llegado un punto de la película hacernos experimentar su muerte, y en ese instante volvernos el alma de Oscar que vagará por lo que resta de película entre el pasado, el presente y el futuro y presenciar su vida: lo que fue, lo que esta siendo y lo que ya no alcanzó a ser.

Lo más claro era que, esencialmente, un impulso irracional daba el valor soberano al milagro, aunque éste fuera infeliz. Lo que contaba, lo que, convulsivamente, las lágrimas mantenían, era, ante nosotros y para nosotros, el instante horrible y sin embargo a nuestro pesar, maravilloso, en el que «la imposibilidad, de repente, se transformaba en realidad» (Georges Bataille, La soberanía, p.29)


Oscar es sujeto de esa imposibilidad que se vuelve realidad, es decir, la muerte. Su muerte es rápida, llega de repente, pero no sin avisar. En la película se nos deja claro que Oscar era un traficante de drogas que solo vendía al por menor, pero que fue esa acción y otras más las que lo condujeron a su propia muerte. Oscar es víctima de las prohibiciones que el mismo transgrede y que lo llevarán a ser una transgresión en sí misma, es decir ser víctima de asesinato por parte de una oficial de policía. Un sinsentido en sí mismo. 
Pero durante la película nosotros como espectador no somos una conciencia a parte, al contrario, somos Oscar mismo, escuchamos lo que piensa, vemos lo que se le aparece en el mundo y su mundo se vuelve el nuestro. Y en esos últimos instantes en los que Oscar esta muriendo; él mismo es consciente de esa imposibilidad; él mismo reconoce que esta dejando de ser; escuchamos dar sus últimos respiros, uno más profundo que el anterior; escuchamos como su corazón se va apagando prolongadamente; escuchamos sus último pensamientos. Él mismo no cree que esta muriendo, le aterra la idea de morir, de encontrarse en un antes y un después, se aferra a la vida (o a lo que le queda de ella) como puede: pensando en su futuro, en lo que está pasando y en su hermana, la cual quedará sola pues ambos eran huérfanos y en como no pudo cumplir su promesa de cuidarla por la eternidad. "La muerte destruye, reduce a NADA al individuo que se tomaba y al que los demás tomaban por una cosa idéntica a sí misma. [...] La muerte destruye lo que fue futuro, que se ha convertido en presente al dejar de ser" (G. Bataille, La soberanía, p. 34)
Finalmente Oscar deja de ser,  muere pero sigue siendo, al menos otra cosa. Abandona su cuerpo pero no el mundo, viaja de un lado a otro como simple ente: no puede hablar, ni pensar o actuar, es algo que es y que no es al mismo tiempo. Vemos su vida antes de su muerte, vemos lo que lo condujo a morir en un baño en Japón, vemos a quienes conoció y a quienes amó. Oscar a pesar de no poderse comunicar sigue deseando, desea seguir en el mundo, desea seguir cuidando a su hermana. Realmente Oscar no logra alcanzar la soberanía que Bataille propone: disfrutar el tiempo presente sin tener otra cosa en mente. Constantemente vaga del pasado al presente y de éste al futuro en contables ocasiones, no logra soltar el pasado y mucho menos su vida, que ya no es y mucho menos será. Oscar permanece subordinado al tiempo del trabajo, muere humanamente.
Aunque Oscar muere humanamente, al menos yo morí soberanamente, en lo personal llegue a experimentar la sensación de fallecer; de dejar de ser y aún así, seguir siendo; de disfrutar el tiempo presente sin tener otra cosa en mente más que ese presente; ese instante que le toma a la película terminar, una vez terminada el mundo sigue ahí y yo con él. El trabajo debe continuar y el juego debe terminar, pero al menos por un segundo experimente el instante, el instante milagroso de la soberanía en el que no temo a la muerte, en el que escapo de ella y de sus consecuencias. El instante en el que fallezco sin dejar de ser. El instante en el que me dejo envolver por esa imposibilidad que se vuelve real, y como dijo un viejo sabio hace siglos: ¡Oh instante detente, que bello eres!

El parasitismo del capitalismo.

Una de las mayores preocupaciones de la sociedad actual es la productividad —preocupación que no es, sin embargo, ajena a la humanidad misma...