martes, 17 de marzo de 2026

¡Oh instante detente, que bello eres!

Durante pandemia tuve un acercamiento al séptimo arte que no había tenido nunca, en aquellos momentos de encierro el cine fue para mí una salvación de las redes sociales y el mundo castigado que plagaba como otra pandemia de la cual aún no nos recuperamos. En esos tiempos descubrí una película a mi parecer infravalorada por la profundidad filosófica que presenta en su argumento y por la creatividad en su montaje, a saber: Enter the void lleva por título, un filme francés de 2009 dirigido por el argentino Gaspar Noé, reconocido por su filmografía transgresiva e incomoda de ver por sus escenas crudas y explícitas. Enter the void nos cuenta a manera de primera persona, pues la cámara tiene esa particularidad de ser literalmente el punto de vista del protagonista: Oscar. Y más que contarnos, nos hace vivir la vida de Oscar por la primera media hora de la película, para llegado un punto de la película hacernos experimentar su muerte, y en ese instante volvernos el alma de Oscar que vagará por lo que resta de película entre el pasado, el presente y el futuro y presenciar su vida: lo que fue, lo que esta siendo y lo que ya no alcanzó a ser.

Lo más claro era que, esencialmente, un impulso irracional daba el valor soberano al milagro, aunque éste fuera infeliz. Lo que contaba, lo que, convulsivamente, las lágrimas mantenían, era, ante nosotros y para nosotros, el instante horrible y sin embargo a nuestro pesar, maravilloso, en el que «la imposibilidad, de repente, se transformaba en realidad» (Georges Bataille, La soberanía, p.29)


Oscar es sujeto de esa imposibilidad que se vuelve realidad, es decir, la muerte. Su muerte es rápida, llega de repente, pero no sin avisar. En la película se nos deja claro que Oscar era un traficante de drogas que solo vendía al por menor, pero que fue esa acción y otras más las que lo condujeron a su propia muerte. Oscar es víctima de las prohibiciones que el mismo transgrede y que lo llevarán a ser una transgresión en sí misma, es decir ser víctima de asesinato por parte de una oficial de policía. Un sinsentido en sí mismo. 
Pero durante la película nosotros como espectador no somos una conciencia a parte, al contrario, somos Oscar mismo, escuchamos lo que piensa, vemos lo que se le aparece en el mundo y su mundo se vuelve el nuestro. Y en esos últimos instantes en los que Oscar esta muriendo; él mismo es consciente de esa imposibilidad; él mismo reconoce que esta dejando de ser; escuchamos dar sus últimos respiros, uno más profundo que el anterior; escuchamos como su corazón se va apagando prolongadamente; escuchamos sus último pensamientos. Él mismo no cree que esta muriendo, le aterra la idea de morir, de encontrarse en un antes y un después, se aferra a la vida (o a lo que le queda de ella) como puede: pensando en su futuro, en lo que está pasando y en su hermana, la cual quedará sola pues ambos eran huérfanos y en como no pudo cumplir su promesa de cuidarla por la eternidad. "La muerte destruye, reduce a NADA al individuo que se tomaba y al que los demás tomaban por una cosa idéntica a sí misma. [...] La muerte destruye lo que fue futuro, que se ha convertido en presente al dejar de ser" (G. Bataille, La soberanía, p. 34)
Finalmente Oscar deja de ser,  muere pero sigue siendo, al menos otra cosa. Abandona su cuerpo pero no el mundo, viaja de un lado a otro como simple ente: no puede hablar, ni pensar o actuar, es algo que es y que no es al mismo tiempo. Vemos su vida antes de su muerte, vemos lo que lo condujo a morir en un baño en Japón, vemos a quienes conoció y a quienes amó. Oscar a pesar de no poderse comunicar sigue deseando, desea seguir en el mundo, desea seguir cuidando a su hermana. Realmente Oscar no logra alcanzar la soberanía que Bataille propone: disfrutar el tiempo presente sin tener otra cosa en mente. Constantemente vaga del pasado al presente y de éste al futuro en contables ocasiones, no logra soltar el pasado y mucho menos su vida, que ya no es y mucho menos será. Oscar permanece subordinado al tiempo del trabajo, muere humanamente.
Aunque Oscar muere humanamente, al menos yo morí soberanamente, en lo personal llegue a experimentar la sensación de fallecer; de dejar de ser y aún así, seguir siendo; de disfrutar el tiempo presente sin tener otra cosa en mente más que ese presente; ese instante que le toma a la película terminar, una vez terminada el mundo sigue ahí y yo con él. El trabajo debe continuar y el juego debe terminar, pero al menos por un segundo experimente el instante, el instante milagroso de la soberanía en el que no temo a la muerte, en el que escapo de ella y de sus consecuencias. El instante en el que fallezco sin dejar de ser. El instante en el que me dejo envolver por esa imposibilidad que se vuelve real, y como dijo un viejo sabio hace siglos: ¡Oh instante detente, que bello eres!

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