El concepto de soberanía
introducido por Bataille nos hace replantearnos el estatuto de nuestras normas,
deberes y convenciones respecto a la acción. Lo que el autor propone es un
rechazo definitivo a la denominada “servidumbre” entendida como la existencia
condicionada del individuo en primer lugar por el tiempo y en segundo lugar por
la prohibición, el tiempo lo determina a vivir en la angustia ante la ausencia
futura que implica la muerte y la prohibición como impotencia realizadora de
aspectos que Bataille denomina “sagrados”.
La concepción en que se
fundamenta la condición soberana del hombre es la transgresión, la forma en que
Bataille plantea la necesidad de la transgresión es bastante problemática,
porque implica un discurso contradictorio (paradójico), en concreto, el tipo de
paradojas que advirtió Moore: las paradojas performativas. El reconocimiento de
la transgresión implica afirmar la normatividad, no al revés, negar la norma
transgrediéndola solo afirma el porqué de la norma, la legitima. La
transgresión necesita agencia racional: reconocer una norma, decidir oponerse a
ella y actuar en consecuencia, la soberanía batailleana tiende a disolver las
condiciones que hacen posible esa misma agencia; la supremacía de la
transgresión sobre la obediencia, la
serenidad sobre la angustia, la
soberanía sobre la utilidad, solo puede acontecer al margen de la agencia moral
racional, la razón y sus consecuencias no oprimen al sujeto, más bien le dan
una estructura reafirmadora de sus virtudes y de su libertad entendida
positivamente, tanto en la autonomía de sus juicios, como en la heteronomía
circunstancial.
Respecto a la dialéctica de las
reglas y su rompimiento Bataille la describe primeramente en el reconocimiento,
después el rechazo (contradicción) y finalmente la transgresión, sin embargo,
la propuesta de Bataille omite un paso indispensable en la dinámica dialéctica:
la síntesis. Antes de negar una dirección de la implicación, lo prudente para
un hegeliano es someter a análisis el producto de la contradicción, no omitir
su existencia. Antes de la transgresión hay un momento de reforma, de
reconstrucción, de crítica a los valores morales en que se sustenta la norma,
que interpele a los otros y exige de ellos un naciente reconocimiento.
La versión reducida del concepto
de utilidad que Bataille admite, ignora el aspecto racional de la
instrumentalidad de la norma incluso al nivel de la soberanía subjetiva, la
utilidad del aspecto convencional de la vida social posibilita la afirmación de
los individuos al nivel de confianza social, desarrollo personal, y en lo más
elemental incluso la supervivencia básica, la posibilidad de la vida soberana (absoluta)
es enteramente contingente, no hay manera en que dicha condición pueda ser
adquirida por un redireccionamiento de la voluntad o una toma de conciencia que
prioriza sistemáticamente el presente, por tanto, si asumimos que la condición
de soberanía es altamente improbable , lo que puede respaldar y sustentar la
supervivencia de los individuos es el desagradable e indeseable terreno de una
moral utilitarista y la obediencia de las normas de convivencia, no hay forma
en que el planteamiento batailleano sea sostenible, es una solución desesperada,
un caso límite. Depende, paradójicamente, de un trasfondo de orden, regularidad
y obediencia que ella misma desprecia.
La latitud desde la que Bataille
articula su escrito contra las nefastas consecuencias de un voraz capitalismo
son satisfactoriamente recibidas como un diagnóstico, un mapeo de la situación
y una advertencia de los peligros a los que estamos expuestos si bajamos la
guardia, un texto que es a mi juicio un experimento mental, porque no debe
tomarse en serio la propuesta límite que Bataille ofrece, es más bien una
exaltación de lo que queda fuera, lo que desborda una explicación racional
habitual.
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