Gaspar Noé y El erotismo de Bataille
Después
de ver ciertas películas te quedas con una sensación extraña que solo podría
acercarse al asco y al asco, sin duda un antónimo al placer. Es una gran incomodidad,
un malestar que en ese momento no sabía explicar del todo. Eso fue lo que sentí
la vez que vi la brutal Irreversible de Gaspar Noé y que tardé,
primero, en procesar lo que había visto y, segundo, comprenderlo. No sabía ni
siquiera como sentirme o qué pensar al respecto hasta que entro en escena El
erotismo de Georges Bataille.
En
esos momentos había entendido que lo que había sentido quizá fue una experiencia
sagrada. ¿Es el cine de Gaspar Noé un acercamiento al erotismo? ¿Habrá leído a
Bataille en algún momento? Encuentro relación entre lo que dice Bataille sobre
que el erotismo no es sexualidad administrada, no es pornografía funcional,
sino un impulso humano irreductible a la lógica de la eficacia y la producción.
“El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”, escribe Bataille
casi al comienzo, y esa frase contiene ya todo lo que necesitamos para entrar
en el universo de Noé. Para que esa experiencia sea posible, Bataille insiste
en la necesidad de una transgresión a la prohibición previa. No hay erotismo
sin transgresión, no consiste en eliminar la barrera, sino en romperla sabiendo
que sigue ahí. Esa tensión, la prohibición que permanece mientras se la
franquea, es la que convierte el acto en algo sagrado. El mundo profano es el
de la norma, el cálculo, el trabajo. Lo sagrado irrumpe cuando esa norma se
suspende ritualmente, no cuando se destruye, así, el cine de Gaspar Noé opera
exactamente en esa misma tensión ya que sus películas no muestran sexo
solamente, muestran el sexo con muchas caras contra la norma que exige
ocultarlo. No se vuelve un sinsentido de violencia, lleva al espectador al peso
del límite y lo cruza. En Irreversible, la decisión de mantener el
plano fijo durante nueve minutos interminables mientras la protagonista es
violada no responde a un morbo gratuito. Es una forma de obligarnos a no
desviar la mirada, a permanecer en la incomodidad que produce la transgresión
de lo prohibido. Bataille dijo con precisión: lo sagrado no es solo lo puro y
luminoso, es también lo abyecto, lo violento, aquello que la sociedad segrega
para poder funcionar.
En Love,
Noé da un paso más y filma lo que Bataille llamaría la intimidad de los
cuerpos. No filma el sexo como espectáculo, sino como algo que se gasta. Los
protagonistas no acumulan experiencias, no son más productivos ni más felices.
Simplemente se derrochan. Se gastan el uno al otro. Y en ese derroche sin
cálculo, el mundo de las obligaciones, el trabajo queda suspendido. La película
muestra una intimidad a la vez explícita y vulnerable, donde los cuerpos se
convierten en una pequeña fiesta privada. En Clímax, esa fiesta
deriva en pesadilla, pero la lógica es la misma. Una comunidad de bailarines
reunida para celebrar, es decir, para gastar energía y sin fin productivo, es
decir, el fin se vuelve en no tener fin y se desborda cuando la sangría es
drogada con LSD. La transgresión se vuelve incontrolable, y lo que empieza como
coreografía gozosa acaba en violencia, paranoia y sexo desesperado. Noé muestra
ahí el rostro más ambiguo de lo sagrado batailleano, la fiesta que deviene
horror sin dejar de ser, en el fondo, la misma experiencia de gasto y pérdida.
La voz que abre la escena central —“Dios está con nosotros”— no es irónica del
todo. Hay en Noé una cualidad que lo aleja del erotismo blando y lo acerca a
Bataille de forma muy íntima: la violencia. El sexo, en sus películas, casi
nunca es tierno. Es torpe, brutal, desesperado. A veces es triste. Pero ahí
también radica su potencia filosófica. Bataille insistió, contra las versiones
edulcoradas del amor, que el erotismo verdadero siempre roza la muerte. No
porque lleve a ella literalmente, sino porque disuelve al yo. Nos deja frente a
“la transparencia del mundo”, frágiles y desnudos como al nacer. En el
encuentro erótico desaparece la discontinuidad que nos protege de los otros y
de nosotros mismos. Y el cine de Noé produce exactamente eso, una disolución,
un vértigo, la experiencia del no-ser.
Las
escenas explícitas de Love, filmadas en 3D, nos hace preguntarnos ¿estamos
participando de una experiencia erótica o estamos consumiendo cuerpos? La
película no responde, y en esa ambigüedad reside su fuerza debido a que nos
obliga a ser conscientes de nuestra propia mirada. Bataille dice que la
experiencia erótica no es esencialmente distinta de la experiencia mística ya
que ambas son formas de regresar a lo continuo, de comunicarse con lo que está
más allá de los límites del yo.
La
sala de cine se transforma en el espacio ritual donde la transgresión puede ser
vivida sin aniquilarnos del todo. El cine de Noé nos permite asomarnos al
abismo sin caer del todo. O caer un poco, lo justo para volver transformados.
Como en el sacrificio batailleano, la violencia es canalizada a través de un
dispositivo —el ritual, la película— que la contiene y la libera al mismo
tiempo. Bataille murió en 1962. No llegó a ver el cine de Noé, pero intuyó que
las imágenes podían ser vehículos de lo sagrado.
El cine es, quizá, el arte más preparado para recoger esa herencia, porque trabaja con la misma materia que el erotismo. Y porque tiene la capacidad de suspendernos momentáneamente de la discontinuidad y sumergirnos en una experiencia que no persigue nada más que su propio instante. Al salir de una película de Noé uno no ha aprendido nada, no ha acumulado saber, pero algo se ha movido. Quizá esa oportunidad de gastar un par de horas sin producir nada, dejándonos tocar por lo que no se deja explicar del todo es experiencia batailleana. Me pregunto si el cine comercial actual permite algún espacio para esta experiencia de lo sagrado o si ha quedado reducido a un entretenimiento que nunca suspende la lógica del consumo. Me pregunto también si hay otras películas o directores que logren algo parecido.
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