miércoles, 27 de mayo de 2026

Nuestros muros.

¿Qué puede esperar el ser humano?, ¿Qué la fé y la religion lo salve del suplicio terrenal?, ¿La verdad y la razón nos llevarán de la mano al mañana, la promesa histórica del progreso, la evolución y el fin de la historia? Pero ¿Qué pasa cuando éstas no son suficiente, cuándo Dios y la ciencia se topan con un muro que no pueden derribar, ni siquiera mover? Y ese muro es la existencia misma.

¿Qué podemos esperar cuando el muro que nos aprisiona es nuestra misma existencia? ¿Qué esperar cuándo no logramos entenderla o tan siquiera cuándo ésta escapa a la razón, el orden y la verdad? Cúando llegados a ese punto, el silencio es la única respuesta que podemos oír. 

Hace no mucho tiempo experimente quizá esa cercanía con el silencio, encontre ese límite que mi razón no puede superar, me tope con aquel muro que me aprisiona. Se sintió como estar en un sueño pero sin lo onírico de éste, sentí como mi realidad se desmoronaba: mis certezas, mis creencias, mis sentidos e incluso mis pensamientos se perdían ante la infinitud del momento. El "yo" que reconocía frente al espejo se fragmentaba, no olvidaba quién era sino que simplemente no-sabía lo que era. Mi realidad se apagaba y temía que yo tambien me apagará.

Ese miedo que no paraliza sino que te desborda de angustia y desesperación por no tener la respuesta, no tener la respuesta es el límite, es nuestro muro. Tener a lo que llamamos muerte de frente y no-saber como reaccionar al hecho de que estamos muriendo. El pensamiento de dejar de ser y no-saber procesarlo o representarlo es el límite, es nuestro muro. 

¿Que puede esperar el ser humano; al que se le ha negado desear; al que se le ha negado su animalidad; al que se le ha negado su impotencia; al que se le ha negado su maldad; al que se le ha negado su libertad; al que se le ha negado la tranquilidad de morir o de vivir; al que se le ha negado el derecho a no-saber? Qué podemos esperar en el momento en que nos percatamos de nuestro no-saber, que aquellas limitaciones epistémicas tambien son existenciales y son nuestra condición más íntima, son nuestras limitaciones, son nuestros muros...

jueves, 14 de mayo de 2026

Intimidad

 ¿Por qué llamamos intimidad al momento en que más nos exponemos al otro? ¿Qué es la intimidad? ¿Qué queremos decir cuando decimos que algo es íntimo o que tenemos intimidad con alguien? 

A menudo con intimidad nos referimos a algún acto sexual, o que por lo menos implica mucha cercanía física; como cuando una mujer se quita el sostén y muestra sus senos al amante, o cuando los amantes se acurrucan y se abrazan. Están próximo (pró-jimos), fuera de sí. Cometí un error. Ver unos senos no es lo que entiendo por intimidad, eso es más bien voyeurismo. El acto de intimidad sería acariciarlos, incluso chuparlos emulando la lactancia (recuerdo arcaico). Pero la intimidad y la sexualidad no se reduce sólo a genitales y músculos blandos. 

En la novela El mal de la muerte de Marguerite Duras, un hombre (que Duras narra como si fuéramos nosotros mismos) paga a una prostituta 5 noches seguidas con una condición: que ella no se moviera, que se quedara quieta, inmóvil, sumisa. Entonces el hombre (nosotros) tiene a la prostituta completa, absoluta, soberanamente a su disposición. El fornica con ella, la toca, la viola... pero no intima con ella. Hay noches en las que simplemente no hace nada, sólo la contempla, o se recuesta a su lado, anhelando un sentimiento que ha desaparecido en él hace tiempo. Esta contemplación, este acercamiento sexual sólo revela una cosa: que él es incapaz de amar. Es paradójico, él tiene soberanía sobre su cuerpo, pero hay algo que lo separa de ella, un vacío infranqueable, y ese vacío es el mal de la muerte. La muerte es la incapacidad de amar. 

Platón tenía razón cuando escribió que el secreto de eros se encontraba en una mujer: una mujer santa y extranjera. Y es que, para los hombres, así parece el amor: como algo extranjero, extraño, y son las mujeres las que nos enseñan a amar. 

Entonces la prostituta de la novela de Duras se revela como esa portadora del misterio de eros, la prueba definitiva de que él no puede amar. Y el no-amor es clausura, es el individuo, el ego masculino. Y el amor y la intimidad son todo lo contrario. Es apertura, éxtasis, posibilidad. 

-Starless dream

miércoles, 13 de mayo de 2026

El terror de ser humano.

El pensamiento de Bataille nos enfrenta de cara a aquello que no aceptamos, que no queremos aceptar, aquello que nos incomoda, que nos aterra. 

Recuerdo que en mis días de infancia, cuando sucedía una pelea entre compañeros, los adultos siempre recurrían a la misma pregunta retórica: "¡¿Acaso son animales?!" Y también los mismos argumentos para interpelar: "son gente racional, no deben pelarse a golpes". Hoy me parece obvio que debo afirmar ambas cosas: sí, sí somos animales; y sí, sí somos racionales...

Ser un animal racional no es un descubrimiento para nada nuevo, no obstante, Bataille me introduce a la sospecha ¿Y si nuestra racionalidad nunca será tal que pueda anular la violencia de manera definitiva? ¿Qué si por más que iluminemos nuestras conciencias nunca iluminaremos el fondo de nuestra conciencia? ¿Está acaso la sociedad condenada a la violencia y la crueldad?...

La sociedad en la que vivo le teme a la muerte y me ha enseñado a temerle; las personas que me criaron me enseñaron a no ser violento; las instituciones me convencieron de que he de combatir la violencia —y ciertamente les creo—. Estamos acostumbrados a qué lo humano es lo racional, bueno, y civilizado. Y décimos, por el contrario, que lo inhumano es lo pasional, malo y salvaje. Pero ¿Qué si la violencia y la crueldad es también una de las máximas expresiones de lo humano? Todos los crímenes inhumanos le pertenecen a la humanidad. 

La gente puede consolar su conciencia moral y decidir que el criminal es un humano que se ha "desviado", que sus facultades no funcionan bien, que el criminal es radicalmente distinto de la gente no criminal. 

Yo también me convenzo de que soy distinto del criminal. Pero al reflexionar con profundidad me doy cuenta de que, tan solo por el hecho de tener manos y pasiones, ya soy un criminal en potencia y creo que es cierta la frase "nada de lo humano me es ajeno", ni siquiera sus crímenes más atroces. Esa toma de conciencia es, a mí juicio, la que Bataille propone a todo aquel que lo lee.

A pesar de todo, la violencia no es unívoca, y el mismo Batalle lo reconoce, la violencia se expresa de distintas maneras y no todas ellas son brutales o crueles. Tal vez cabría pensar en sociedades donde la violencia es liberada de formas no crueles, no letales y de manera controlada. No obstante, esto supone la resolución de una contradicción que tal vez nunca podra llegar a suceder: La resolución final de nuestras pasiones y nuestra razón.

Si miro al televisor un día cualquiera y veo las noticias de violencia y crueldad,  descubro el terror de lo que he negado.

martes, 12 de mayo de 2026

Gaspar Noé y El erotismo de Bataille

Gaspar Noé y El erotismo de Bataille

Después de ver ciertas películas te quedas con una sensación extraña que solo podría acercarse al asco y al asco, sin duda un antónimo al placer. Es una gran incomodidad, un malestar que en ese momento no sabía explicar del todo. Eso fue lo que sentí la vez que vi la brutal Irreversible de Gaspar Noé y que tardé, primero, en procesar lo que había visto y, segundo, comprenderlo. No sabía ni siquiera como sentirme o qué pensar al respecto hasta que entro en escena El erotismo de Georges Bataille.

En esos momentos había entendido que lo que había sentido quizá fue una experiencia sagrada. ¿Es el cine de Gaspar Noé un acercamiento al erotismo? ¿Habrá leído a Bataille en algún momento? Encuentro relación entre lo que dice Bataille sobre que el erotismo no es sexualidad administrada, no es pornografía funcional, sino un impulso humano irreductible a la lógica de la eficacia y la producción. “El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”, escribe Bataille casi al comienzo, y esa frase contiene ya todo lo que necesitamos para entrar en el universo de Noé. Para que esa experiencia sea posible, Bataille insiste en la necesidad de una transgresión a la prohibición previa. No hay erotismo sin transgresión, no consiste en eliminar la barrera, sino en romperla sabiendo que sigue ahí. Esa tensión, la prohibición que permanece mientras se la franquea, es la que convierte el acto en algo sagrado. El mundo profano es el de la norma, el cálculo, el trabajo. Lo sagrado irrumpe cuando esa norma se suspende ritualmente, no cuando se destruye, así, el cine de Gaspar Noé opera exactamente en esa misma tensión ya que sus películas no muestran sexo solamente, muestran el sexo con muchas caras contra la norma que exige ocultarlo. No se vuelve un sinsentido de violencia, lleva al espectador al peso del límite y lo cruza. En Irreversible, la decisión de mantener el plano fijo durante nueve minutos interminables mientras la protagonista es violada no responde a un morbo gratuito. Es una forma de obligarnos a no desviar la mirada, a permanecer en la incomodidad que produce la transgresión de lo prohibido. Bataille dijo con precisión: lo sagrado no es solo lo puro y luminoso, es también lo abyecto, lo violento, aquello que la sociedad segrega para poder funcionar.

En Love, Noé da un paso más y filma lo que Bataille llamaría la intimidad de los cuerpos. No filma el sexo como espectáculo, sino como algo que se gasta. Los protagonistas no acumulan experiencias, no son más productivos ni más felices. Simplemente se derrochan. Se gastan el uno al otro. Y en ese derroche sin cálculo, el mundo de las obligaciones, el trabajo queda suspendido. La película muestra una intimidad a la vez explícita y vulnerable, donde los cuerpos se convierten en una pequeña fiesta privada. En Clímax, esa fiesta deriva en pesadilla, pero la lógica es la misma. Una comunidad de bailarines reunida para celebrar, es decir, para gastar energía y sin fin productivo, es decir, el fin se vuelve en no tener fin y se desborda cuando la sangría es drogada con LSD. La transgresión se vuelve incontrolable, y lo que empieza como coreografía gozosa acaba en violencia, paranoia y sexo desesperado. Noé muestra ahí el rostro más ambiguo de lo sagrado batailleano, la fiesta que deviene horror sin dejar de ser, en el fondo, la misma experiencia de gasto y pérdida. La voz que abre la escena central —“Dios está con nosotros”— no es irónica del todo. Hay en Noé una cualidad que lo aleja del erotismo blando y lo acerca a Bataille de forma muy íntima: la violencia. El sexo, en sus películas, casi nunca es tierno. Es torpe, brutal, desesperado. A veces es triste. Pero ahí también radica su potencia filosófica. Bataille insistió, contra las versiones edulcoradas del amor, que el erotismo verdadero siempre roza la muerte. No porque lleve a ella literalmente, sino porque disuelve al yo. Nos deja frente a “la transparencia del mundo”, frágiles y desnudos como al nacer. En el encuentro erótico desaparece la discontinuidad que nos protege de los otros y de nosotros mismos. Y el cine de Noé produce exactamente eso, una disolución, un vértigo, la experiencia del no-ser.

Las escenas explícitas de Love, filmadas en 3D, nos hace preguntarnos ¿estamos participando de una experiencia erótica o estamos consumiendo cuerpos? La película no responde, y en esa ambigüedad reside su fuerza debido a que nos obliga a ser conscientes de nuestra propia mirada. Bataille dice que la experiencia erótica no es esencialmente distinta de la experiencia mística ya que ambas son formas de regresar a lo continuo, de comunicarse con lo que está más allá de los límites del yo.

La sala de cine se transforma en el espacio ritual donde la transgresión puede ser vivida sin aniquilarnos del todo. El cine de Noé nos permite asomarnos al abismo sin caer del todo. O caer un poco, lo justo para volver transformados. Como en el sacrificio batailleano, la violencia es canalizada a través de un dispositivo —el ritual, la película— que la contiene y la libera al mismo tiempo. Bataille murió en 1962. No llegó a ver el cine de Noé, pero intuyó que las imágenes podían ser vehículos de lo sagrado.

El cine es, quizá, el arte más preparado para recoger esa herencia, porque trabaja con la misma materia que el erotismo. Y porque tiene la capacidad de suspendernos momentáneamente de la discontinuidad y sumergirnos en una experiencia que no persigue nada más que su propio instante. Al salir de una película de Noé uno no ha aprendido nada, no ha acumulado saber, pero algo se ha movido. Quizá esa oportunidad de gastar un par de horas sin producir nada, dejándonos tocar por lo que no se deja explicar del todo es experiencia batailleana. Me pregunto si el cine comercial actual permite algún espacio para esta experiencia de lo sagrado o si ha quedado reducido a un entretenimiento que nunca suspende la lógica del consumo. Me pregunto también si hay otras películas o directores que logren algo parecido. 

Logika: Mininovelas para botanear_Como Ser Humano

Ala corta edad de 18 años pasados, empezaba a ser amante del misterio, y de las peculiaridades de este, de lo que lo envuelve y fabula, de l...