Quedaron de verse a las 7 de la tarde, Lilith estaba en su clase de ballet y de ahí regresarían a la casa de Lucio, él pasaría por ella a la escuela, y aunque no hubiera muchas palabras entre ambos, la tarde estaba acordada para aquellas dos almas enamoradas, talvez este momento llegó desde la primera vez que se vieron en aquella fiesta. Ella no sabía qué era lo que tenía Lucio, pero al entablar contacto, sabía tácitamente que sería quien la poseería por primera vez, Después de 17 años de castidad e inocencia física y espiritual, el tiempo para hacerlo los asaltó a ambos sin misericordia. Lilith por su parte tuvo algunos cuantos días dónde sentía culpa, algún que otro remordimiento a su madre, y todos aquellos pensamientos que nublan el juicio y la hacían pensar en algunas barbaridades a la hora de comer o cuando estaba en el baño. Por aquellos días, Lilith tuvo su primer sueño erótico, esto generando cierto desconcierto en ella, pues lo extraño radico en que no soñó con Lucio como sería acordé con todas esas fantasías medievales, si no que había soñado con su amiga Luzbel.
¿Cómo era posible que a través de aquel florecimiento tan repentino su deseo no fuera su amante sino su mejor amiga? Algo indebido que la hacía avanzar nuevamente a un sentimiento de culpa y desaseo, un sentimiento aún incomprendido que aceleraba su sentir, y que le aligeraba los primeros pensamientos eróticos, a la par estos también se fueron desvaneciendo en una bruma de calidez e irresponsabilidad.
Para Lucio todo esto fue diferente, claro también hubo ese impulso sexual desde el primer día que se conocieron, como si de animales se tratase, él pensaba todo el tiempo en tener relaciones con ella, lo pensaba en la tarde, en la noche, en la mañana, y algo si era definitivo, en él no existía un sentimiento de culpa, ni estaba en una especie de florecer y sin duda, el en diferencia sentía lo mismo con cualquier mujer que trataba.
De camino a su casa, Lucio fue nombrando cada cosa que le gustaba de Lilith, lo primero fue la palidez de su piel, un blanco uniforme que le daba aspecto de estatua de panteón, como de mármol sólido.
—"DaVinci te pudo haber inventado y pintado como su musa", le dijo Lucio fingiendo elocuencia.
—"DaVinci me inventó en una de sus noches de enfermedad desquiciante", le contestó ella sonriendo.
Probablemente Lucio, después de aquella interacción algo vaga, empezó a generar una especie de afecto sobre el deseo, algo que la hacía diferente, como si tuviera en un hechizo que al conjurar su nombre le hiciera sentir un placer distinto. Supo bastante bien que era amor, pero no que tipo de amor, más esto no era razón para preocuparse pues Lucio, además de sentirlo, ya le había dicho a diez mujeres distintas que las amaba.
Dieron las siete y media, y su plática se tornaba algo ambigua y evasiva, hasta que l
legaron a su casa, dónde sin pudor ella preguntó:
—¿Quién es ella?
—Es Lupita la del aseo y esas cosas
—Creí que no habría nadie.
—Pues yo también, trate de darle el día libre pero no sé lo quiso tomar.
Lilith lo vio con una evidente cara de indeterminación e inseguridad, como si bajo su estatua viva se llevará el nombre de "Incógnita" sobre su pedestal.
—No la armes de tos, pinche Lilith. Respondió Lucio abrumado.
Ya que Lupita, desde el umbral parecía más un alebrije mítico que esperaba la llegada de su señor para darle la bienvenida, a la clara muestra del imperialismo construido en la casa de sus padres. Lupita con una extravagancia anormal sonreía descaradamente que sobre sus dientes parecía brillar un especial dominio sobre la situación. Lucio y Lilith la vieron a lo lejos y los dos simularon tranquilidad, cuando bajaron del coche, se tomaron de la manos, y Lució la llevó como primer destino, al Mausoleo familiar donde había organizado su fiesta donde se conocieron, "Vaya desmadre hay" pensó Lucio recordando la semejante pachanga que tuvo, viendo la cara solidificada de Lilith, recordando el aleteo incesante del alebrije de la entrada de su casa y viendo un letrero imaginario de Motel que parpadea tintineando, sobre la entrada de la capilla.
—¿A dónde vamos si tu casa está allá afuera? Le pregunto con voz apagada Lilith
—Quiero que conozcas a mi exprima; le respondió Lucio
Cuando entraron al sepulcro se toparon de frente con las todavía botellas de la fiesta de la semana pasada, además de algunos cristales y colillas dispersas por todas partes, mirando e ignorándolas se sentaron en la plataforma que quedaba frente a la puerta y hubo un gran silencio reposado ligero y tranquilizador un silencio que tenía demasiado que ver con la cercanía a la muerte. Bajo la luz blanquecina de los focos industriales ella se veía aún más pálida aún más sólida que el mármol, y esa apariencia anémica enfermiza provocaba que Lucio pensara que estaba dentro de uno de sus grandes sueños eróticos, donde ya no era necesario mencionar ningún nombre, Lilith lo vio dejando caerse sobre su costado y entonces lo supo, ella se empezó a arreglar el pelo, se quitó la red y se deshizo el chongo, su pelo se le desenvolvió lentamente en una caída giratoria, ella le sonreía, parpadeaba con suavidad y lo miró a los ojos con una inocencia inaudita. Lucio no podía creer lo real de la situación, una especie de frenesí en la piel lo hizo levantar sus manos hacia aquel cuello de mármol y dejó caer el suéter de sus hombros bajo el leotardo rosa de su cuerpo, cada línea de sus cuerpos parecía haber sido esculpida a conciencia, y sin saber bien lo que hacían empezaron a acariciarse, descubriendo por completo sus hombros, Lucio mordió ligeramente su piel blanquecina y contradictoriamente Lilith sentía remordimiento a futuro por tener su primera relación en un mausoleo de alguien que ni era su pariente, en aquel un lugar de muerte y que al mismo tiempo la hacía sentir una excitación irreprimible.
Ambas cosas enfrentadas bajo una misma premisa inicial, un lugar de muerte, de reposo para los que ya no están, a lo mejor Freud se hubiera vuelto loco con semejante espectáculo, la muerte, el coito, la sobreprotección de la madre de Lucio, el sueño erótico con su amiga su mejor amiga, el libido de ambos despertados y depositados en un mismo tubo de ensayo que relampaguea y cambia de matices con truenos, suele pasar que la historia de los enamorados es la convergencia de dos acueductos donde surgen y alguien seguramente se ahoga como todo romance medieval. Pero ellos sin haberse quitado un gramo de ropa empezaron el ritual, el movimiento rítmico empezó como cuando se mece una cuna, frotando los cuerpos para calentarlos como en la Física, Lilith quedó sentada al borde de la plataforma y Lucio la agarró sobre sus nalgas y se empujaba contra ella al estilo de una embestida, chocando los cuerpos mientras se besaban desenfrenadamente, los suspiros chocaban contra las paredes, había gemidos y se escuchaban repentinamente un complaciente eco, un vaivén de voces parecido al de los baños de vapor.
—Lucio, espera, hay que apagar la luz, porfa, me gustaría que esto fuera a oscuras.
Lucio embrutecido, emergió desde la profundidad de sus senos y volteó a ver la lámpara con el foco industrial con desprecio, vio su parpadeo de centenares de veces y escuchando el frustrante zumbar de la luz recordó en sí mismo que seguían en aquel mausoleo y fue que volteo a ver la grieta gigante en el suelo.
—Vaya qué carajo está peligrosísimo lo de esta grieta, dijo Lucio resoplando discretamente. —Ya lo sé, contestó Lilith, mientras se quitaba partes de su atuendo de ballet dejando al descubierto su piel.
—Prende unas veladoras del santuario de tu exprima para que podamos ver, aunque sea un poco.
Menudo Surrealismo puro, que aquello implicaba un inminente falta de respeto hacia la exprima difunta Lilith por un momento empezó con un remordimiento ligero, pero lo erótico del momento no tuvo inflexión y terminando de quitarse todas las prendas, volteaba a ver a Lucio caminando cuidadosamente hasta la bóveda donde se atesoraba la difunta exprima, entonces sacó el encendedor del nicho donde se encontraban algunas flores marchitas y prendió una veladora, acto después se dirigió a la puerta principal la cerró y oprimió el apagador. Vacío y una funesta llama se esparció por el lugar bajo la luz de la vela, está por naturaleza emitía una luz cálida y hacía que la piel de Lilith se volviera más cálida un poco más receptora, un poco más acogible, Lució al ver de frente aquella musa al ras natural como Dios nos trae al mundo, fue atravesado por una excitación inmensa e inconfesable como una lanza que se pone más rígida, lo que generó en él, el más profundo error de novato, ya que al estar de frente en un éxtasis de calentura Lucio sin más ni más a la calentura del momento trató de quitarse los pantalones sin antes quitarse los zapatos un gran acto de nerviosismo y de des profesionalismo, por qué pensaría que era buena idea quitárselos él solo, porque no pedir ayuda, y justo en la entrada del sepulcro, justo antes de tomar y entregarse a la carne y a los antebrazos de Lilith para penetrar en ella.
Tras unas cuantas risas de los dos rebotando en las paredes y unos cuantos brincoteos de Lucio sobre su pierna derecha con los pantalones abajo, hasta la altura de los tobillos, la tarde que habían imaginado desde el primer momento que se vieron terminó en un grito de horror y un cuerpo desplomándose dentro de la grieta enorme.

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