Meritocracia, uno de los grandes mitos bajo los cuales se ha edificado el aparato social: "trabaja y conseguirás lo que deseas". Pero ¿Hasta cuándo, cuánto tiempo más, cuántas vidas más necesita el hombre para por fin, después de trabajar pueda vivir, vivir sin trabajar? "Trabaja y conseguirás lo que deseas", pero y si lo que se desea es esto mismo, disfrutar de la vida plena sin necesidad de verse esclavizado a las cosas: el gobierno, Dios, la familia, el futuro. Vivir no más que en la intimidad del instante. El más húmedo de los sueños del hombre. Quizá se necesita más de una vida para poder apreciar la vida; quizá se necesita más tiempo para disponer de tiempo libre, libre de producción; quizá necesito ansiar más el trabajo para un día despertar sin la necesidad de trabajar; necesidad, más que el agua y el aire, más que el sueño y la comida, quizá la pirámide de Maslow está equivocada, la necesidad más primaria para el hombre contemporáneo es el trabajo. ¿No es todo esto contradictorio, no acaso hay algo mal con la normativa del trabajo contemporáneo, no hay algo incluso nocivo en el pensamiento: "Vivir para trabajar y trabajar para vivir"?
El ocio, el descanso y el tiempo libre ya se han perdido, incluso más que el santo grial, más que el arca de Noé o los textos antiguos que la Alejandría perdió al arder. Se ha perdido la inutilidad del descanso, hoy en día incluso el descanso debe ser productivo y útil. Pues no acaso el trabajo y la utilidad nos brindan algo que el descanso no, no acaso trabajar es similar a ser algo. "Ser algo" ya sea una cosa o un sujeto, una herramienta o aquel que porta la herramienta, que de hecho ¿No acaso son lo mismo, no acaso el hombre se convierte en herramienta en la medida en que es útil, no acaso el hombre ya es ajeno al hombre mismo? pero algo así incluso vale más que ser un holgazán, un flojo o un desempleado. El trabajo nos proporciona realidad, nos proporciona ser. ¿Será que somos en la medida en que tenemos trabajo, en que somos útiles? Al día de hoy el holgazán es un mito, un cuento de terror para asustar al trabajador antes de dormir (sí es que puede). El holgazán no existe en la sociedad, ¿Quién de aquí puede estar orgulloso de no vivir anclado a un trabajo, quién de aquí puede gritar que vive? Ser holgazán es peor que ser un asesino.
¿Acaso existe salvación alguna para el trabajador, más allá de la que ofrece la religión al morir, acaso el trabajador necesita morir para ser salvado, acaso el trabajador debe renunciar a su vida para salvar su vida? Suena incómodo e incluso arriesgado que haya que morir, ¿Qué más hay?... El arte y el erotismo ¿no guardan acaso estas dos en su interior algo que renuncia y niega el trabajo; no acaso el arte y el erotismo son fuerzas de desgaste que nos conducen casi al desfallecimiento; quién en el éxtasis de la consumación carnal no ha sentido la misma falta de aliento que uno experimenta cuando presencia una imagen o escucha una melodía o recita un poema? El arte como el erotismo nos hacen desfallecer porque en ellos de algún modo recuperamos la inmanencia y abandonamos nuestra condición de herramienta, de sujeto que se concibe a sí mismo como una gota de agua fuera del agua. El arte así como lo erótico guardan una propiedad mística, pues ¿no acaso hacer arte o ser participe del desenfreno erótico es de algún modo sacrificar nuestra integridad de sujeto; no es acaso con violencia el cómo arrancamos de nosotros mismos toda moral y normativa del trabajo; no acaso éstas dos así nos asesinen, mutilen y desoyen nos afirman algo que el lujo, el paraíso y la organización del trabajo, la religión o el estado jamás podrán concebir, y qué es esto? La vida misma, y aún cuándo permanezcamos más tiempo trabajando que descansando, aún cuando seamos más herramienta que otra cosa, con concebir un minuto de clímax artístico o erótico, habremos recuperado nuestra fascinación por la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario