domingo, 14 de diciembre de 2025

Lo natural y la comunidad

 Cabe buscar en la interacción con los otros discontinuos una relación más estrecha que la romantica. En la que por lo regular nos enfrascamos, encerrados en nuestras propias visiones de lo natural nos aproximamos más a "la muerte" no como continuidad sino como punto incognoscible, la apreciación del paisaje en la pintura y la fotografía han significado por lo general una capitulación respecto a lo natural 

¿Cuantas miradas no se han perdido en un horizonte sin encontrar más que funciones, objetos y determinaciones? ¿Cuanto tiempo perdido en las ponderaciones de lo sublime y lo terrible? ¿Quien nos podría negar que la comunidad requiere necesariamente de superar la mirada alienada al horizonte, que es una necesidad encontrar en los otros discontinuos un punto frente al cual inmolar nuestras creencias?

 El romanticismo ha sido instaurado por encima de la experiencia soberana, el gobierno y el placer que nos trae la unidad con los discontinuos es coartada. Por lo que nuestro goce en el sacrificio encontrar, ideas, estructuras, en fin limites que puedan ser desplazados mediante la experiencia. Por otra parte este goce no puede ser el resultado de una busqueda ardua, más bien toma la forma de las huellas de un encuentro, el toro de lascaux y las imagenes en otras pinturas nos indican que tal actividad ha sido más que posible. El modificar a las representaciones de manera tal que en ellas se distingan apenas los otros seres por su apariencia más superficial. El sacrificio del romanticismo significaría todo lo contrario a la pasividad respecto al paisaje, nuestro pensamiento se inclinara a las ruinas.

Queda  por pensar aún como es que la suma de intereses ecologicos puedan depurarse de su contenido romantico o pesismista y aunarse a una experiencia soberana, en la que el poder de la mirada ceda ante la unidad|. Quizá esto sea lo más interesante para nosotros de las propuestas de Bataille.

sábado, 13 de diciembre de 2025

El mal en la politica 

"Si demasiado rapidamente y con habitual miopia que no ve más allá de cinco pasos, se acostumbra a separar pulcramente a los projimos en hombres utiles y dañinos, buenos y malos, ante una rendición de cuentas en mayor escala, ante una reflexión más prologada acerca de la totalidad, uno se volverá más desconfiado frente a esa pulcritud y separación, y finalmente la abandonará"

¿Cuál es el mal del que hablamos? ¿El que nos disponemos a cometer sin miramientos a la finalidad? ¿Qué nos aleja o nos aproxima a la experiencia, al silencio, al gasto inmoderado sino él bien?

A menudo la malicia y el pecado son vistas como el punto algido de las relaciones humanas, en una distinción puramente moral lo son, nada nos distancia más de nuestros congeneres que la crueldad y la violencia, pero si el mal en su forma religiosa fuese tan limitado rapidamente colapsariamos sobre nuestra propia banalidad. La realidad del pecado es que nos distancia y aproxima, en los mejores momentos de nuestra existencia la razón calla, es el silencio consecuente con la proximidad del humano con la experiencia. El mal en estos terminos es siempre gasto. 

Malos fueron los herejes, las brujas, los poetas y los sacerdotes que vivieron para aproximarse a lo que las prohibiciones guardan celosamente. La comunidad innombrable es siempre el resultado de sacrificios de un valor inestimable; las palabras que nos orillan al razonamiento, los deseos que siempre nos inclinan al objeto y en fin las certezas que usualmente nos plagan son corderos para la hecatombe. Somos atravesados por ellos al condenarlos, estos sacrificios individuales son el mal, son la crueldad sadiana practicada al retorcer y orillarnos a las excreciones del discurso, lo bello y lo terrible se suman en la experiencia. Es por ello un impulso de tipo distinto, nuestra actividad, fundamento de la comunidad es inmediatamente seguida por su desaparición, los proyectos que ideamos están fuera de la comunidad, la comunicación nunca es proyecto, la sujeción a una finalidad determinada de forma autoritaria-más allá de la autoridad de la experiencia misma- implica un alejamiento de los movimientos que la comunicación requiere, la interpretación individual del sujeto se vuelve un factor clave al actuar. Lo cual implica a su vez un retorno al lenguaje, a la razón impoluta al "como sí" determinante y categorico. La realidad de la comunidad basada en la experiencia tiene que limitarse al espacio mitíco, a la resignificación, a la transgresión.

 


 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

 

Erotismo.

En el ensayo La conjuración sagrada Bataille escribe: «Un mundo que no puede ser amado hasta morir -de la misma manera que un hombre ama a una mujer- representa solamente el interés y la obligación del trabajo. Si se compara con los mundos desaparecidos, resulta odioso y se muestra como el más fallido de todos. En los mundos desaparecidos, fue posible perderse en el éxtasis, lo cual es imposible en el mundo de la vulgaridad instruida”[1].

Como escribió Bataille en La parte maldita, la actividad sexual, o mejor dicho bajo el término que posteriormente utilizará, el erotismo compone una de las formas en que el hombre puede volver a ser parte del universo, de lo continuo. En el texto El erotismo, Bataille hace una especie de ontología para poder exponer éste fenomeno que es tan crucial para el hombre.

            Para empezar, todos los seres del mundo somos seres descontinuos. Existimos en una discontinuidad individuada, en la que, desde las bacterias hasta los seres más complejos, estamos asegurados. Esta discontinuidad es un abismo entre los otros seres. Una soledad. Los seres nacen solos, mueren solos. Pero en un momento, de reproducción, de excedente, entran en una continuidad con otros seres, igualmente discontinuos, son uno con lo otro.

            En el hombre esto sucede también. El hombre vive en discontinuidad, salvo los momentos de transgresión. En esto se separa de los animales, de los insectos y formas menos desarrolladas de vida. El hombre vive en un mundo totalmente regulado. Los espacios que pueden abrir a la continuidad se encuentran regulados por instituciones. El orden de lo útil reina y el trabajo debe mantenerse para el aseguramiento de los que participan. Frente a la muerte se instituyó la prohibición, el aseguramiento. Pero esta prohibición no puede ser nunca total, pues las fuerzas de la naturaleza oprimen al hombre con tanta fuerza, es la parte maldita que cargamos. Por eso cada prohibición necesita también su transgresión. Bataille escribe:

La naturaleza exigía que se abalanzaran a esa destrucción. La posibilidad humana dependió del momento en que, presa de un vértigo insuperable, un ser se esforzó en decir que no. ¿Un ser se esforzó? Jamás en efecto los hombres opusieron a la violencia (al exceso del que se trata) un no definitivo. En ciertos momentos de desfallecimiento, se cerraron al movimiento de la naturaleza; pero se trataba de un tiempo de detención, no de una inmovilidad última.[2]

            La transgresión es el movimiento del hombre hacia la nada. Un salto, una voluntad de fe. “No hay sentimiento que arroje más profundamente a la exuberancia que el de la nada. Pero de ningún modo la exuberancia es aniquilación: es superación de la actitud aterrorizada, es transgresión[3]. Tras este movimiento se encuentra lo sagrado, lo sagrado de los aztecas en los sacrificios. Siempre es importante entonces preguntarse ¿cómo acontece lo sagrado en el mundo contemporáneo?

            Pues a esta pregunta, algo que se mantiene siempre como posibilidad es el erotismo. “Lo sagrado es justamente la continuidad del ser revelada a quienes prestan atención, en un rito solemne, a la muerte de un ser discontinuo[4]. El erotismo es la liberación de la carne del orden del trabajo, el exceso de los órganos, la desorganización organizada. Como el sacrificio, el erotismo es una forma de hacer acontecer lo sagrado en el mundo. Por eso Bataille escribe: “Podemos decir del erotismo que es la afirmación de la vida hasta en la muerte”[5]. En la actividad erótica, dos seres discontinuos, solitarios, se unen y transgreden contra todo el mundo. Suspenden la prohibición, se aman, duran, a pesar del peligro de la muerte, afirman la vida.



[1] Bataille, La conjuración sagrada, 228

[2] Bataille, El erotismo, 66.

[3] Bataille, El erotismo, 74.

[4] Bataille, El erotismo, 74.

[5] Bataille, El erotismo, 15.

El sacrificio


"Y, como la virulencia de la enfermedad no se aliviaba ni con remedios humano ni con la ayuda divina, dominadas las mentes por la superstición, entre otros recursos para aplacar la cólera divina se organizaron también, dicen unas representaciones teatrales; era una novedad para un pueblo guerrero, pues su único espectáculo había sido el circo. " Tito Livio 
¿Hay una imposibilidad para el teatro? ¿Para la literatura? Parece que se han convertido en preguntas sintomáticas de la perdida de significado antes inherente en las artes. Artaud en lo que a primera vista parece una simple crítica a la cultura europea da continuidad a las ideas que rodean al antiguo teatro, más allá de una crítica erudita que parte de la noción de que el teatro, la tragedia o la comedia nos deben poseer por medio de un encanto que les es propio.
En contra de lo que Aristóteles propuso, que la katarsis se da incluso con la lectura de la épica o la tragedia, Artaud propone que son las nuevas alusiones a los objetos, la magia y el encanto del movimiento lo que el teatro puede ofrecer a la vida, que por esta razón la cultura altamente alfabetizada atenta contra el mismo principio, contra la esencia misma del teatro. 
En resumen, el teatro nos ofrece al mal, el mal en un sentido nietzscheano, en un sentido espiritual que no tiene en común con el mal moral más que ser pertenecientes a la transgresión ¿Entonces en dónde surgen las palabras? ¿De qué fuente brotan los significados que asociamos a estás? ¿Qué toma preeminencia para nosotros al hablar? Estas son las preguntas que hacemos desde la lectura de Artaud, por lo que nos preguntamos por la magia perdida, ya abismada por el uso, que tiene a la pérdida del significado como consecuencia. 
El teatro como la literatura para Blanchot es un espacio autónomo cuyo gobierno soberano no se sustenta de la misma manera que la razón instrumental. La palabra desnuda, la palabra que es una violencia sobre la palabra misma en el teatro se convierte en violencia contra las categorías.

 Está libertad concedida por el inacabamiento no mengua en el teatro, los objetos que por lo general están sujetados por funciones se resignifican, la neurosis, vista solo como negatividad se disuelve en el acto, en el drama o en la tragedia la nueva Katarsis no es una purga de emociones como la compasión o un aserto sobre el destino, nos purgamos de la aparente certeza del yo, del centro nervioso constreñido por las razones de otros. 
 Idealmente lo que decimos impacta en los nervios del otro, perfila al espacio y marca un horizonte en donde las relaciones palabra, saber y objeto se vuelven actuales, esto es, abandonan las meras relaciones formales y construyen una materialidad deslindada del solo pronunciamiento de los términos. La palabra nace como producto de nuevas relaciones, nace como mentira y él hablar como un deseo, en el teatro de Artaud hay una voluntad de mentira, de creación, de vida como tal como nos es posible expresarla.
 Pero para llegar a este punto la mera dialéctica debe ser suspendida en aras del significado, la harmonía luego no es entre personas, palabras y objetos, se establece entre actos y disoluciones realizadas con plena conciencia. El sacrificio que ocurre por lo general es de los objetos por las palabras, nuestra cultura ha preferido la transmisión al significado, por lo que la propuesta de Artaud implica un fenómeno localizado en el que las configuraciones que en otros momentos dábamos por sentadas se desvanezcan entre los actos.
Ahí en la intensidad que Artaud nos propone realizamos una ruptura con lo que el teatro de occidental a logrado, la muerte de la tragedia que Sontag diagnostica parece disiparse, pero este efecto aparente en el teatro es desplazado, el efecto real es el de la magia y el sacrificio. Como dirá Foucault;
Todo lo que hoy experimentamos bajo el modo del límite, o de la extrañeza, o de lo insoportable, habrá alcanzado la serenidad de lo positivo. Y lo que para nosotros designa actualmente ese Exterior podría muy bien ser que un día nos designara a nosotros.
La neurosis y las exaltaciones anímicas que acompañan a nuestra psicología son transgredidas por las medidas de Artaud, ocurre una suerte de purificación cuyo quehacer es deslindarnos de los pliegues anteriores, se consagran el nuevo sacrificio. Nuestro deseo de ser purgado es un deseo de desvanecernos y desvanecer es ser desvanecido en la experiencia de los otros ese es el mal que muchos surrealistas nos piden, es el mal que preserva las funciones vitales, como en la historia de Livio, el mal del teatro era un mal votivo, llamando a lo sagrado en una época de peste y de virulencia se buscaba sobrevivir y aún más intervenir en el orden de las cosas mediante los actos y los cantos;
…Sin ningún texto en verso, sin acción escenificadora de textos en verso, unos ludiones, traídos de Etruria, danzando al son de la flauta ejecutaban unos movimientos no carentes de gracia al estilo etrusco. Comenzaron luego los jóvenes a imitarlos, a la vez que 5 se intercambiaban chanzas en versos toscos acompasando los gestos a las palabras. Recibió así aceptación el espectáculo y, al ser practicado con frecuencia, cobró impulso…
Previo a lo que Artaud llamó el teatro latino, las costumbres de la Etruria parecen acoplarse a lo que el narra como primer evento ligado a la peste y aún más se ligan a la intensidad taraumara a la intensidad balinesa en especie. La religiosidad se une al significado cuando este es sentido, cuando la palabra es una expresión desligada del poder, la experiencia se vuelve soberana.

El sacrificio de la mariposa.

 

A inicios de 2025, un adolescente de 14 años murió en Brasil tras inyectarse los restos de una mariposa triturada en la pierna. Murió en el hospital tras agonizar siete días. Se desconocen los motivos que llevaron al joven a cometer ese acto, sólo es posible imaginarlos. La policía local investigaba la posibilidad de que el joven hubiera cumplido un reto de internet. Sin embargo, esta teoría no fue nunca confirmada. Y aun si se hubiera confirmado, resulta irrelevante ante la fascinación que despierta en uno la imagen del hecho. La imaginación se orilla a pensar en que tuvo que haber algo más, una especie de deseo o ilusión dentro del joven que lo llevo a tomar la jeringa con la mezcla de mariposa y agua e inyectarla en su cuerpo.  

Gregorio Samsa se despierta transformado en insecto tras una noche de mal sueño. La situación le sucede por cuestión de azar. Pero ¿qué hay de aquellos que conscientemente deciden participar de una metamorfosis? ¿Qué deseo es el que orilla a intentar lograr una transmutación del cuerpo? «Hay que saber hablar la lengua del soñador para comprender las imágenes que alucina y que se yuxtaponen espontánea y desordenadamente en su sueño».[1]  

En el segundo apartado de La parte maldita, Bataille hace una teorización sobre el sacrificio y cómo éste, inagura un mundo que se opone al mundo de las cosas, aquel mundo de lo útil. Bataille escribe que “El sacrificio devuelve al mundo sagrado lo que el uso servil ha degradado, profanado”. El sacrificio consagra al mundo y a las cosas, unifica el mundo de las cosas con el sujeto. El orden del trabajo ha transformado justamente a los hombres en cosas, y a las cosas del mundo, iluminadas por el sol que da sin recibir, se vuelven siempre una degradación, la cual, sólo tiene contacto con el hombre en cuanto le son útiles. Y el mismo hombre, se vuelve una cosa en la maquinaria de lo útil. Frente a esto, y volviendo a la economía cósmica, es necesario una dosis de destrucción, de dilapidación.

El sacrificio devuelve al mundo sagrado lo que el uso servil ha degradado, profanado... No es necesario destruir propiamente hablando el animal o la planta que el hombre convirtió en cosa para su uso. Basta, al menos, destruirlas en tanto que cosas, en tanto que se llegaron a convertir en cosas. La destrucción es el mejor medio de negar una relación utilitaria entre el hombre y el animal o la planta”[2]. La destrucción que ofrece el sacrificio es la destrucción de la relación objeto-sujeto. Todo se consagra, sobrepasa el límite. Como en la religión, se busca lo sagrado. Abandonar el orden de las cosas reales y de la pobreza. Introducirse en el puro exceso. Ser totalmente libre, soberano. Añade Bataille:

El sentido de esta profunda libertad se da en la destrucción, cuya esencia es consumir sin beneficio lo que hubiera permanecido entro del encadenamiento de las obras útiles. El sacrificio destruye lo que consagra… Basta con que quede roto el lazo que une la ofrenda al mundo de la actividad lucrativa pero esta separación debe tener el sentido de un consumo definitivo; la ofrenda consagrada no puede volver al orden real. Este principio abre la vía al desencadenamiento, libera la violencia reservándole el terreno en el que reina sin rival.[3]

El mundo íntimo se opone al real como la desmesura a la mesura, la locura a la razón, la embriaguez a la lucidez[4]. Frente al sacrificio sólo fascinación. Continuidad. El exceso de la belleza del que escribe Blake. Pero no es sólo la belleza ideal. Sino también el horror de la muerte, el entregarse y el morir. Ese es el gran peso del sacrificio.

«La seducción extrema probablemente está en el límite con el horror».[5] Bataille, al analizar la atracción a las flores encontró que el deseo nada tiene que ver con una belleza ideal ni a un principio de funcionalidad.[6] La belleza ideal en la planta correspondería a la flor y su corola, que cubre los órganos sexuales. Sin embargo, al marchitarse, ésta se vuelve fea a la vista, como confesando su engaño. En contraparte, el tallo y las raíces de las flores se presentan a la abstracción como parte pueriles, impuras, sucias. Las raíces que, se revuelcan en la tierra su oscuridad, desafían a un imperativo moral de belleza. Es la bajeza de la forma. La contradicción entre las partes de la planta revela algo más: la muerte, y la banalidad de la fragilidad de los cuerpos. En este sentido, «el amor tiene el aroma de la muerte». 16

Volviendo al muchacho, lo único que queda del hecho es la transgresión. Podemos atribuirle los motivos que pensemos; el incorporar la belleza de la mariposa, el querer alimentarse de las flores o incluso, como se lo planteó la policía, el cumplimiento de un reto. A decir verdad, lo más probable es que el chico no anticipara que fuera a morir. «El ser alcanza el resplandor deslumbrante en la aniquilación trágica».[7] Y aun así, lo que queda es la transgresión. Transgresión de la lógica de las enseñanzas de la ciencia, transgresión del propio cuerpo. Un sacrificio. La imagen que falta en esta crónica es el motivo que orilló al muchacho a forzar una metamorfosis. Y aunque falta, la imagen se revela ausente, intraducible, pues es un movimiento anterior al lenguaje. Movimiento animal, como el que realizaron los primeros humanos dentro de la cueva de Lascaux. Sobre la metamorfisis Bataille escribe:

Podemos definir la obsesión por la metamorfosis como una necesidad violenta, que se confunde además con cada una de nuestras necesidades animales impulsando a un hombre a desistir de repente de los gestos y las actitudes exigidos por la naturaleza humana: por ejemplo, un hombre entre otros, dentro de un departamento, se tira al suelo boca abajo y se pone a comer la papilla del perro. De modo que en cada hombre hay un animal encerrado en una cárcel, como un preso, y hay también una puerta, y si entreabrimos la puerta, el animal se abalanza hacia afuera como el preso que encuentra la salida; entonces, provisoriamente, el hombre cae muerto y el animal se comporta como animal, sin preocupación alguna por suscitar la admiración poética del muerto.18

 La obsesión por la metamorfosis es el movimiento que posibilita el deseo hacia la transgresión. Un sacrificio para el fin de lo sagrado. ¿Qué mayor sacrificio que dar el cuerpo y tu propia naturaleza?   



[1] Quignard, la imagen que nos falta, 19.

[2] LA parte maldita 92.

[3] La parte maldita, 94

[4] 95.

[5] Bataille. La conjuración sagrada, 37.

[6] Ibid, 26.  16 Ibid, 27.

[7] Ibid, 225. 18 Ibid, 54.

Bataille: La parte maldita y el exceso contra la utilidad

«L'Exubérance est Beauté». William Blake.

    Con esta cita Bataille abre La parte maldita, obra en la que el pensador francés propone un proyecto que va en contra de la economía clásica y capitalista, pero también de gran parte de la historia de la filosofía. Que la exuberancia sea la belleza

    Para Bataille, en la naturaleza hay un exceso de energía. Y proviene del sol. El sol, como figura, expresa un espíritu que se mantendrá en el pensamiento de Bataille, pues este astro se caracteriza por brindar un exceso de energía, un derroche sin recibir nada a cambio.

“La fuente y la esencia de nuestra riqueza se encuentra en la radiación del sol, la cual dispensa energía -riqueza- sin contrapartida. El sol da sin recibir; los hombres se dieron cuenta de esto mucho antes de que la astrofísica midiera esta prodigalidad incesante, ya que veían cómo el sol madura las ·cosechas y unían el esplendor que lo caracteriza al gesto de quien da sin recibir”[1].

    Esta forma de actuar del sol es la exuberancia, y la exuberancia es siempre contraria a la utilidad.  “Calculamos nuestros intereses, pero esta situación nos desarma debido a que el nombre mismo de interés es contradictorio con el deseo que está en juego en estas condiciones”[2].

    La exuberancia de energía lleva al exceso, pero siendo que el mundo es limitado, el excedente de energía debe desembocar de alguna manera, cuando los organismos han llegado al límite de su crecimiento. Para que algunos organismos crezcan, otros tienen que morir, ser destruidos. El exceso de energía conlleva a sus procesos de liberación, de equilibramiento de energías, y estos procesos son la dilapidación, la muerte y la actividad sexual, o el erotismo. Y este consumo del excedente no es más que un lujo. Las plantas en su extensión, los animales e insectos en su evolución, no son otra cosa que el lujo realizado sobre la tierra. Y el hombre, estando a merced de la cadena solar, no es sino otro ser participe de este lujo. Y no es sólo que participemos, sino que provenimos de este movimiento de dilapidación, La destrucción, la aniquilación llevada al extremo posible por la energía orgánica es lo que nos da lugar. Escribe Bataille: “el lujo de la muerte, en este sentido, es considerado por nosotros de la misma forma que el de la sexualidad, es decir, en principio, como una negación de nosotros mismos, y después como la verdad. profunda del movimiento del cual la vida es la exposición”[3].

    Pero la economía cósmica se opone a la economía utilitaria. Las condiciones actuales de vida y de producción se oponen contundentemente a una economía solar de lujo, excedente, despilfarro de energía sin retribución. La libertad se ha adecuado a una noción de justicia disminuida de una concepción que pueda trastocar el orden, pues la justicia entra todavía en el orden de lo útil. De esta forma, la libertad es una garantía contra el riesgo de servidumbre, no una voluntad de asumir riesgos sin los cuales no hay libertad. El crecimiento útil del capital y el movimiento de muerte de la tecnociencia del siglo XX y XXI se oponen del todo a la dilapidación solar. Aquella, aparece ahora como maldición, por eso Bataille habla de una parte maldita. Pero surge la cuestión de cómo es que tenemos que abordar esta noción de gasto, y sobre todo, cómo participar de la dilapidación.



[1] Georges Bataille, La parte maldita. 64

[2] La parte maldita, 66.

[3] La parte maldita, 70.

 Cuando hablamos de consumo, la mayoría de las personas piensa en la comida que ingerimos o en la ropa que usamos cotidianamente. Tenemos profundamente interiorizada esa sensación placentera que experimentamos cada vez que compramos algo en Amazon o cuando vemos una serie o película nueva en alguna plataforma de streaming. Sin embargo, últimamente, mientras camino por la calle, me doy cuenta cada vez más de todas las problemáticas que realmente rodean la noción de gasto y de consumo.

El otro día pasé una cantidad considerable de tiempo leyendo los comentarios de una publicación sobre la nueva ciclovía de Avenida Tlalpan. Por un lado, estaban quienes se oponían al proyecto, principalmente bajo el argumento de que reducir un carril para automóviles generaría aún más tráfico; también se manifestaron personas que ofrecen servicios sexuales, pues el carril confinado dificulta la llegada de clientes. Por otro lado, estaban quienes apoyaban la obra: peatones y ciclistas, e incluso personas que, aunque no usan bicicleta, reconocen algo positivo en la iniciativa y la comparan con ciudades que han transformado vías dominadas por automóviles en espacios de movilidad ciclística.

En un momento de reflexión, sentado en las escaleras de mi casa, solo podía pensar en cómo el gasto y el consumo intervienen directamente en todo este proceso. Comencemos con los automovilistas, muchos de los cuales sienten un aire de superioridad por tener un auto propio (aunque a veces ni siquiera es realmente propio). En nuestra sociedad predomina la idea de que quien posee un automóvil es, de alguna manera, “superior”. Esto tiene sentido si consideramos que hoy en día adquirir un coche sin endeudarse resulta cada vez más difícil. Existe un clasismo interiorizado que nos repite que siempre es “mejor” quien puede gastar más, quien aparenta mayores ingresos. En realidad, todo es mera apariencia: muchas personas que se dan el “lujo” de tener un auto viven endeudadas, atascadas en un tráfico interminable mientras se convencen a sí mismas de que están ahorrando tiempo.

En cuanto a las personas que ofrecen servicios sexuales, me encuentro ante una verdadera encrucijada. Por un lado, podemos pensar que todos tenemos derecho a ganarnos la vida como queramos; cada quien necesita un sustento y no podemos juzgar las estrategias que emplean para obtenerlo. Por otro lado, cabe preguntarse si el gobierno debe facilitar el ejercicio clandestino de estos servicios. La trata de personas es uno de los problemas más graves y extendidos en la actualidad, especialmente en este país. Persisten visiones que reducen a la mujer a un objeto de consumo; las enfermedades de transmisión sexual son frecuentes entre quienes trabajan sin seguro médico, sin prestaciones y sin una base institucional que permita proteger su bienestar. Y no solo hablamos de mujeres: también hombres y personas transgénero que recurren a este tipo de trabajos se enfrentan a vulnerabilidades extremas, comenzando por la de someter sus cuerpos a esta lógica de consumo.

Debemos recordar, además, que estamos en vísperas del Mundial de Futbol. Desde que era niño recuerdo escuchar historias que nunca aparecen en el espectáculo mediático, pero que son bien conocidas: desplazamientos forzados, “limpieza” de imagen por parte de los gobiernos, obras que solo sirven una vez y que, al terminar el evento, se olvidan. La construcción de estadios es el ejemplo más claro. Podríamos considerarlo un gasto completamente improductivo; sin embargo, el Mundial nunca ha sido solo un espectáculo deportivo. También ha sido un evento político que funciona, desde hace décadas, como una cortina de humo perfecta para los gobiernos.

La ciclovía de Tlalpan está pensada, en parte, en ese contexto: se espera que funcione como ruta para los turistas que vengan a los eventos del Mundial. Pero, realmente, ¿toda esa gente vendrá con sus bicicletas y se desplazará hacia los estadios por esa ruta? Personalmente, no lo creo. Aun así, considero necesario invertir en nuevas alternativas de movilidad. En una ciudad tan densamente poblada como la Ciudad de México, la contaminación ha aumentado de forma desproporcionada en los últimos años; el transporte público, que debería fungir como alternativa, sigue siendo inseguro e ineficiente; cada día somos más habitantes. Cabe preguntarse cómo será la movilidad en el futuro. Lo único seguro es que esta mentalidad de gasto y consumo seguirá presente en nuestras conciencias, incluso cuando ya no podamos respirar nuestro propio aire o transitar libremente por nuestras calles.

Lo natural y la comunidad  Cabe buscar en la interacción con los otros discontinuos una relación más estrecha que la romantica. En la que po...